Emilio me pasó el otro día la entrada de Rafael Poch Lo que no se dice de la crisis, en la que Poch cuenta un debate en la Akademie der Künste de Berlín entre el periodista liberal suizo Frank Meyer, el cineasta Andreas Veiel y el propio presidente de la academia, Klaus Staeck. Los temas son esos a los que se les está dando tantas vueltas últimamente: la crisis económica, los problemas del neoliberalismo, la (in)conveniencia de la actuación de los gobiernos, etc. Sin embargo, hay tres párrafos del relato de Poch que me han llamado la atención:
[Klaus Staeck:] “A mediados de los ochenta [...] el informe bursátil se integró en las noticias con el mismo rango que el parte meteorológico”, recuerda. Junto con ello se adoptó un nuevo idioma. Ya no había trabajadores y empresarios, sino “agentes sociales”. Un idioma en el que trabajadores y empleados se convertían en “recursos humanos”, y donde al despido libre, los salarios basura y a la explotación, se les llamaba “desmantelar la rigidez del mercado de trabajo”, o “flexibilidad del mercado de trabajo”, o “aligerar los costes en recursos humanos”. Al mismo tiempo se hablaba de “economía real”, lo que daba a entender que todos aquellos juegos malabares con acciones y valores eran algo irreal y ficticio. Este nuevo latín ha sido el vehículo de expresión de la religión neoliberal.
“El neoliberalismo es una ideología totalitaria, fundamentalmente peligrosa para la democracia. La idea de que la “mano invisible” del mercado todo lo decide y lo pone en su sitio es, además de religiosa, una idea estúpida”, dice Meyer. El papel de esa religión y de ese nuevo idioma fue hacer pasar por última tendencia de la racionalidad económica, los presupuestos tradicionales del pensamiento conservador. Lo que habría sido imposible de vender, se vendió por el procedimiento de envolverlo en un nuevo latín, incomprensible para la gente común. La economía quedó fuera por completo de la comprensión de la población. Sin la colaboración de los periodistas, esta religión no se habría instalado. La propagación, fuera de Estados Unidos y de Inglaterra, del “periodismo económico”, entendido como crónica de la especulación financiera en latín, fue otro producto de los años ochenta. Sin toda esta previa ceremonia de la confusión, lo ocurrido no habría sido posible, opina Meyer.
“Cuando vemos la actual pasividad de la gente, ese “no podemos hacer nada”, ese sentimiento general de impotencia… eso es también una consecuencia del lenguaje: nosotros, periodistas, la gente de los medios de comunicación, no hemos proporcionado al público el lenguaje con el que hoy podría defenderse”, dice. “¿Acaso hay censura?”, pregunta el moderador Staeck, rozando la línea roja de la incorrección. “No es que te despidan si escribes lo que no toca, pero hay unos marcos, que todo el mundo conoce y de los que no se sale, un terreno de juego consentido”, responde Veiel. Y Meyer se rebela: “La prensa es muy poderosa, los periodistas podrían por lo menos probar si son libres. La libertad hay que tomársela, ¿somos súbditos o ciudadanos?”. El público aplaude.
Te he traído aquí este fragmento porque me parece interesante la idea de un periodismo (un lenguaje) que ha quedado impedido para llamarle a las cosas por su nombre. Incluso yo, mientras copiaba el texto, he sentido ciertos reparos en incluir algunos términos por considerarlos demasiado tradicionales o desfasados, pero ¿hay términos nuevos que nos permitan olvidarlos? ¿Significan/implican exactamente lo mismo?
Y por fin llego al motivo de que haya pensado que todo esto tenga cabida aquí. Si la lengua escrita se ha quedado muda, ¿no deberían cobrar ahora especial importancia otras formas de expresión?