Contra los medios de comunicación, contra nosotros (y a favor de los trabajadores de Metro)

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En nuestro día a día es difícil hacerse la ilusión de que somos seres inteligentes (a no ser que uno no lo sea en absoluto). A veces, sin embargo, las pruebas son tan violentas que da vergüenza, propia y ajena, incluso salir a la calle. Uno de los últimos ejemplos se ha dado en Madrid, ciudad últimamente imán para despropósitos y analfabetismos en general.

Escribo un breve resumen para quienes andáis por otras latitudes y no conocéis el tema. Los trabajadores de Metro, la empresa pública del gobierno regional que gestiona el suburbano de Madrid, han convocado una huelga y se han negado a respetar los servicios mínimos establecidos. En la ciudad, con más de 5.300 habitantes por kilómetro cuadrado y lugar de trabajo de muchos de quienes viven en las ciudades cercanas, se han intensificado los atascos habituales y se han colapsado los demás medios de transporte públicos. Los medios de comunicación, regionales y estatales, públicos y privados, han presentado el hecho de la siguiente manera: Los trabajadores de Metro abusan de los ciudadanos madrileños y anteponen sus intereses a los perjuicios que causan al resto de trabajadores. La noticia se ha convertido en la protagonista de los telediarios las 24 horas del día con permiso de las hazañas bélicas de La Roja. La reforma laboral ha pasado así, sin pena ni gloria, a un muy discreto tercer lugar.

Hubo un tiempo -no muy lejano y extremadamente breve en este Estado- en que el trabajador tenía la razón hasta que no se demostrase lo contrario. Considero que era una práctica sana por parte de los propios trabajadores, solidarios con sus iguales en lo que era su única arma auténtica contra los demás poderes. Si alguien hacía una huelga, lo primero que se pensaba es que sus motivos tendría. Si no respetaba los mínimos, sería por algo. Obviamente esto ya no es así porque hemos regalado hasta nuestra propia voluntad de queja. En esto último tienen mucho que ver esas entidades manipuladoras en las que se han convertido los sindicatos. Conozco gente honesta y fiel al espíritu original de estas instituciones que aún forman parte de ellas como conozco gente en la Iglesia fiel a los valores originales del Cristianismo o incluso a quienes lo son al socialismo dentro del PSOE, pero eso no me permite obviar la perversión de sus organizaciones. Si los académicos estuvieran más atentos, habrían cambiado ya esa definición de “sindicato” como “asociación de trabajadores constituida para la defensa y promoción de intereses profesionales, económicos o sociales de sus miembros”, anacrónica como tantas otras, por alguna más acorde con la realidad actual. Yo les cedo una propuesta que quizá les sirva de borrador sobre el que empezar a trabajar: “Organismo público subvencionado por el Estado encargado de mantener el orden entre los empleados disconformes”.

No es este el sitio para realizar una disección pormenorizada de la cuestión y al final sólo es un ejemplo más, pero hay algunos detalles del caso de Metro que se han colado por la maraña de los medios que sí me parece que se pueden mencionar. Por ejemplo, que los empleados que han inclumplido los servicios mínimos ya hayan recibido sus respectivas denuncias. ¡La rapidez legendaria de nuestros organismos públicos! O que esos servicios mínimos, en teoría designados aleatoriamente, les hayan caído sistemáticamente a unos pocos “elegidos” (muchos de ellos con los servicios mínimos de todos los días de huelga). Sería interesante saber, por cierto, cuántos de estos ocupan cargos en los sindicatos.

Me indigna y repugna que los medios de comunicación se hayan convertido definitivamente en lo que George Orwell soñó en 1984. Que los que se hacen llamar “nuestros representantes” nos ataquen con esta violencia e impunidad me hace temer lo peor. Que los sindicatos actúen con más agresividad contra los trabajadores que contra los empresarios me confirma que el capitalismo es uno, grande (y libre). Sin embargo, lo que realmente cruza mi cuerpo como un rayo cuando voy a poner el pie en la calle es pensar en cómo nosotros nos acomodamos en ese decorado. Cómo nos hemos puesto en contra de esos trabajadores sin preguntarnos por qué están haciendo lo que hacen. Cómo nos creemos las mentiras de los medios y los sindicatos a través de caminos mentales que no pueden ser sino malabarismos del miedo y la pereza. Cómo se pueden dar situaciones como la de que un tren de los servicios mínimos se pare por avería y sus ocupantes violenten al conductor pensando que es otra de esas artimañas con las que les están incordiando esta semana.

Un mundo ordenado hasta en las quejas. Un pensamiento único hasta en las negociaciones laborales. Un estado de excepción artificial que nos hemos tragado sin pestañear. ¿1984? ¡Qué tiempos aquellos!

Manuel Alcántara-Plá
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3 Comments

  1. Y no solo eso amigo. Ademas la maravillosa Presidenta de la Comunidad Autonoma de Madrid tiene la desfachatez de reconocer que ella sabe que incumple el CONVENIO COLECTIVO DE METRO DE MADRID, convenio que ella mando firmar a la direccion de Metro. Ademas sigue siendo la CAMPEONA de la PREVARICACION, ya que dicta cumplir SERVICIOS MINIMOS abusivos, asi lo dicen distintas sentencias , incluidas las del TRIBUNAL CONSTITUCIONAL, a sabiendas de que son injustas estas resoluciones. Y ya no digamos, cuando nos habla de huelga politica, ella se referira a su interes politico de la HUELGA DE METRO, a ella la sirve para, junto con la prensa amarilla y fascistoide,( El Mundo, ABA, La Razon, Gaceta, TELEMADRID, La COpe, etc), en definitiva la BRUNETE MEDIATICA, que la sirve y la adora, y a la que encumbra contra MARICOMPLEJINES RAJOY. A eso juega esta señora, reina de los GURTELES en su mismisimo gobierno, a derribar todo lo que le haga frente, y molesta en su fin de PRESIDIR EL PP A NIVEL NAZIONAL.

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