Alan Turing

 

Poema/Epitafio de Alan Turing
Poema/Epitafio de Alan Turing

Este año se cumple el centenario del nacimiento de Alan Turing (Londres, 1912 – Cheshire 1954) y es una sensación extraña para mí, que no he podido evitar admirarlo desde que tuve conocimiento de su existencia. Llegué a él como precursor de un modo de comprender el lenguaje y la comunicación que nos ha influido a muchos, especialmente a los que tenemos algo que ver con la inteligencia artificial. El final de su vida, tan humanamente triste, le da un contrapunto extraño a su figura.

Parece que el pequeño Alan era un niño superdotado para la adquisición de conocimientos y aún más para el razonamiento matemático. Estas habilidades le llevaron a desmontar con menos de treinta años los fundamentos de lo que ahora conocemos como la teoría de la computación. La guerra contra los nazis hizo que las aplicara a algo más eminentemente práctico: en un momento en que los ataques por sorpresa de los submarinos alemanes estaban desequilibrando la guerra, Turing ayudó a descifrar los mensajes encriptados por la máquina Enigma y así poder adelantarse a las ofensivas nazis.

Curiosamente en los últimos años de su corta vida decidió enfocar sus conocimientos al ámbito de la biología. Curiosamente porque pronto sería denunciado como biológicamente impuro por su “perversión homosexual”. Se negó a defenderse de unos cargos que no comprendía que se le pudieran hacer (¿indecente por amar a otro hombre?) y se le obligó a elegir entre cárcel o tratamiento hormonal. Eligió esta última y ese fue el comienzo de un rápido fin. Por supuesto, se le apartó además de cualquier responsabilidad relacionada con la seguridad nacional.

Dos años después, la policía se encontró en su casa con una de las imágenes más discutidas del particular género de las biografías. El cuerpo de Alan Turing yacía inerte junto a una manzana mordida. Los análisis probaron que la muerte había sido provocada por ingestión de cianuro. Unos dicen que se envenenó a sí mismo de ese modo para que pareciera un asesinato y la familia no pensara que se había suicidado; otros creen que fue un crimen de algún fanático; es peculiar lo poco que se comenta la posibilidad de un crimen político por parte de las agencias de seguridad británicas; el biógrafo David Leavitt advierte que Blancanieves era su cuento favorito…

Celebramos cien años de su nacimiento, el tiempo que el gobierno del Reino Unido ha tardado en pronunciar algo parecido a un perdón. Sin embargo, sí ha tenido entre tanto homenajes pequeños, pero más sinceros. Yo mismo procuro dedicarle un día de clase de traducción automática y cada año me sorprende comprobar que a nadie le suena si quiera el nombre de uno de los padres de la informática. ¿Vamos a permitir eternamente que sea borrado de nuestra Historia por el “pecado” de su homosexualidad?

El poema de arriba, escrito por él el mismo año de su muerte, es su epitafio. La mejor banda sonora sería el disco “For Alan Turing” de Matmos, que ya me llevó a dedicarle aquí una entrada a este gran matemático hace cinco años.

Manuel Alcántara-Plá
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