Elefante blanco, la crisis de los buenos

Cartel de la película Elefante blanco
Cartel de la película Elefante blanco

La última película de Pablo Trapero parece renunciar a la denuncia de las injusticias que muestran sus imágenes del barrio chabolista argentino de Villa Virgen. Nos enseña una situación terrible, similar a la que mostraba también magistralmente Fernando Meirelles en su aclamada Ciudad de Dios, pero es difícil encontrar en ella alguna de las huellas de esperanza que sí encontrábamos en la brasileña. Los sacerdotes interpretados por Ricardo Darín y Jeremie Renier y la asistente social interpretada por Martina Gusman están unidos tanto por su amor al prójimo como por el sentimiento de saberse derrotados. Han dedicado sus vidas a intentar mejorar las de los que peor lo tienen y coinciden en sentir durante el metraje de la película, por motivos diversos, que quizá sea el momento de bajar los brazos.

Es curioso, por ejemplo, comprobar cómo algunos de los temas más obvios en el trasunto del argumento apenas se perfilan. Los protagonistas luchan por conseguir terminar unas obras que mejoren las condiciones de vida del barrio, pero el obispado vive demasiado alejado de la realidad y los políticos sólo se preocupan por sus intereses. Probablemente no sea ya de extrañar que la película no se detenga en mostrar estas injusticias (los políticos prácticamente ni aparecen) porque parece darlas por sabidas.

Hay muchos motivos para recomendarte que vayas al cine a verla. Las interpretaciones son desde luego uno de ellos, pero también la capacidad que tiene Trapero para sumergirnos en ese barrio gracias a unas tomas larguísimas en las que recorremos sus callejuelas y sus casas. Ha conseguido que me crea la historia hasta en sus detalles menores.

Gran cine en un mundo de mierda, sería una forma de resumir en una frase el sabor de boca que se te queda.

Manuel Alcántara-Plá
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