“Las cuatro estaciones” reescritas por Max Richter

Retrato de Max Richter por Yulia Mahr

Max Richter ha cogido la obra más famosa de la historia de la música y la ha convertido en algo nuevo y diferente. No hay que ser muy pesimista para pensar que tardará un tiempo en que se repita un momento artístico tan emocionante como es enfrentarse por primera a esos Spring 0 y Spring 1 que abren estas Four Season Recomposed.

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Hay un extraño fenómeno artístico que ocurre en la Historia con H mayúscula y en la de cada uno de nosotros, habitantes de este mundo post-romántico, ya sabes, con h minúscula. Hay un momento en que la belleza sorprendente de una obra, aquella misma que nos atravesó por un instante con fuerza eléctrica, se convierte en belleza del día a día, en una vieja amiga a la que aún queremos, pero a la que ya no le damos la virtud de aparecer una mañana por la ventana sin nuestro consentimiento previo. Imagino que ocurre igual con tantas otras cosas, incluso con las más comunes, aunque ya no recuerdo cómo fue la primera vez que mis oídos se enfrentaron a los sonidos finos de los gorriones o cuándo -qué mañana, seguro que los descubrimientos primeros fueron a las primeras horas de la mañana- mis ojos descubrieron por primera vez el caos de las palomas jugando coquetas a ser asustadizas. Ahora ni unos ni las otras consiguen llamar mi atención a pesar de seguir teniendo igual importancia. Sin ellos, Madrid no existiría, pero son parte del decorado habitual, como el aire cansado, el tráfico o la luz de invierno. No arañan el fondo de las pupilas ni de nuestros oídos, sólo se posan ahí en la que es su casa.

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Amante como soy de los músicos más valientes de la electrónica, no puedo evitar acordarme de ellos mientras escucho estas cuatro estaciones rotas en minúsculas piezas y recompuestas de forma diferente, pero con los mismos reflejos. De flores y agua en la primera, de sol lento en el verano… Nunca el invierno fue tan frío. A veces se reconoce el original fácilmente. Abundan los momentos en los que el compositor lo sostiene como inspiración para separarse muy lejos de él. La fuerza del trabajo, no obstante, se encuentra en que el conjunto final delata claramente una sola autoría, la de Max Richter.

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El músico ha reconocido en alguna entrevista su admiración por Las cuatro estaciones de Vivaldi ya que le parecen de una riqueza innovadora inigualable. Sin embargo, también le he leído en otra entrevista reconociendo que, según fue aprendiendo música de manera profesional, cada vez se le hacía más difícil amar estas partituras. Era una música que lo avasallaba por todas partes: en los anuncios, en los hilos musicales de los supermercados, en las bandas sonoras de las películas… Había pasado de belleza brillante a amiga conocida y corría el riesgo de llegar a ser incluso aborrecible por su excesiva familiaridad. Hay momentos en que se agradece cierta distancia.

Escuchar estos sonidos ahora, con re-escrituras increíbles como la de “Autumn 1” o “Winter 1”, es un regalo doble. Por un lado, descubrimos un ritmo nuevo para el paso del tiempo por las estaciones del año. Por otro, nos obliga a hacer las paces con los ritmos antiguos, con las palomas y con los gorriones. Deshacer la ilusión de familiaridad que nos impone el tiempo es uno de los mayores dones del arte. Como ocurrió con el original de Vivaldi, aquí se consigue vencer a los años a través de su homenaje.

Auriculares, volumen…

Manuel Alcántara-Plá
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