Después

vienen los remordimientos.

Como soy imbécil, no es extraño que los acompañe con alguna promesa absurda ya mil veces incumplida. Por ejemplo, me puedo prometer a mí mismo que no volveré o que, si volviera por algún capricho improbable del azar, me ocuparía de que nada fuera igual. Me lo digo con tal poder de convicción que siempre me creo.

Cuando pasa algo de tiempo, sin embargo, vuelvo a alegrarme de que aquellas promesas las realizara demasiado tarde, después.