El concepto de solidaridad en el discurso independentista catalán (y en el anticatalanista)

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Cataluña tiene razón en la discusión que mantiene con el estado español sobre su independencia, al menos a nivel de discurso. El conflicto tiene infinidad de aristas, pero los discursos de ambas partes acaban siempre por reducirse a dos ideas difícilmente complementarias. Las intento resumir a continuación.

La primera es tan absurda que siento pudor al mencionarla, pero es la que más le gusta a nuestros medios de comunicación. En ella, además, queda “en tablas” la disputa entre catalanistas y gobierno central.  Se trata del concepto de España como unidad inmortal que siempre ha tenido y tendrá las mismas fronteras por algún extraño designio sobrenatural. No hace falta ser catedrático de Historia para entender que esta concepción del reino es imaginaria. Las fantasías, no obstante, han provocado las guerras más terribles. Eso no les da más razón. Las fronteras del planeta han cambiado y seguirán cambiando por múltiples motivos: desde regalos personalizados entre monarcas hasta cruentas batallas, sin olvidar los golpes de efecto -y de interpretación- como el muy reciente de Crimea. El problema es que no son pocas las ocasiones en que vemos utilizar los mismos argumentos sentimentales a los catalanistas con un patetismo casi mayor. Cataluña es una invención en la misma medida que lo es España. Me parece un poco extraño apoyar tu discurso en denunciar las falacias ajenas para reivindicar unas propias casi idénticas. La necesidad de ambos Estados de mantener la armonía cósmica es una ficción en la que los españoles siempre tendrán más películas que contar que los catalanes, aunque solo sea por una cuestión de proporción.

La segunda idea está sin duda a favor de los independentistas y coincide con lo que la mayoría de los españoles (incluidos los madrileños, andaluces y extremeños) entienden mayoritariamente como razonable. El concepto clave en estos discursos es el de solidaridad. Los gobiernos catalanes mantienen la queja de que se les impone una solidaridad injusta. Siempre han dejado claro que están dispuestos (incluso deseosos) a ser solidarios, pero no quieren que se abuse de ellos con este pretexto.

La solidaridad entre regiones se contempla en la legislación española como un compromiso obligatorio entre las partes. Ni Cataluña ni ninguna otra región tienen la opción de dejar de ser solidarios ni de elegir la manera, sino que es un requisito impuesto desde un poder superior. Este planteamiento de la solidaridad es extraño en nuestra concepción actual del mundo. La ideología imperante, abanderada de manera ostentosa especialmente por el Partido Popular, pero igualmente presente en el otro partido mayoritario y muchos de los minoritarios, nos enseña que la solidaridad es positiva mientras sea altruista. Dicho con ejemplos, no son buenas las leyes de la dependencia ni los impuestos que redistribuyen la riqueza, pero sí favorecemos -rebajándoles aún más sus tributos- a aquellos que desinteresadamente hacen una buena labor social como es financiar una fundación cultural o un centro para la tercera edad. Solidaridad sí, pero a discreción de cada individuo. El temor de fondo es que una solidaridad institucionalizada pervierta la libre competencia entre iguales. Discursos como el de que las ayudas como el paro nos hacen vagos y que además bajan nuestra capacidad para competir en un mercado se plantean siempre -irónicamente- como una defensa de la competencia entre iguales.

Es en este contexto en el que Cataluña reivindica ser solidaria en la medida en que considere oportuno y es una reclamación, como estamos viendo, justa y coherente dentro del marco neoliberal del Partido Popular. Escuchar a estos últimos defender la imposición de un compromiso en este aspecto es poco menos que surrealista y probablemente sea ese el motivo de que le den tanta importancia a la primera idea señalada más arriba, a la de una especie de Camelot castizo que se debe proteger de las invasiones francesas.

Ya sabemos que, en cuestiones sociales y discursivas, uno puede tener razón y equivocarse al mismo tiempo. Cataluña tiene razón en su discurso independentista, pero fundar un nuevo Estado a partir de la misma concepción de solidaridad altruista que está llevando al desastre a nuestro planeta no parece ser una opción muy prometedora. Si hay independencia (o no), que sea por favor por una ruptura creativa con el fallido discurso imperante y no por una muestra de fe ciega hacia él.

Manuel Alcántara-Plá
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