La cabra

El animal se había lastimado en acto de servicio. Había retado antes a la lógica de la gravedad mil veces con pasmoso equilibrio. Siempre se había jugado el tipo para que los dos tuvieran algo que llevarse a la boca. Por eso él no puede dudarlo ahora. Coge los bártulos y anda el camino despacio para que ella le pueda seguir. Su lentitud crea tanta expectación que apenas tiene que soplar en la corneta cuando llega al destino. Están rodeados por una congregación atónita que mira triste al animal renqueante y huesudo. Cuando él coloca la escalera y se sube a ella de la forma más divertida posible sobre dos piernas y se resbala y se rompe la crisma, sus cuatro ojos parecen uno solo, negro y redondo, sin apetito apenas.

Manuel Alcántara-Plá
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