El odio a la Poesía

La amargura de la lógica poética es especialmente astringente porque nos enseñan desde pequeños que todos somos poetas por el mero hecho de ser seres humanos. Nuestra habilidad para escribir poemas es de alguna manera, por lo tanto, la medida de nuestra humanidad. Al menos es eso lo que nos enseñaban en Topeka: todos tenemos sentimientos en nuestro interior (¿dónde exactamente?) y la poesía es la expresión más pura de este tesoro interno. Puesto que la lengua es la materia de lo social y la poesía es la expresión lingüística de nuestra individualidad irreductible, nuestra personalidad está ligada a nuestro yo poético. “Eres un poeta y ni siquiera lo sabes”, nos solía decir el profesor X en segundo curso; lo decía cada vez que decíamos algo que rimaba. […] Algunos niños toman lecciones de piano, otros estudian danza, pero no decimos que todos los niños son pianistas ni bailarines. Sin embargo, eres un poeta tanto si lo sabes como si no porque ser parte de una comunidad lingüística (ser llamado un “tú” en definitiva) significa tener capacidad poética.

Este agosto me han coincido varias lecturas cuyo tema central era la poesía y, más concretamente, en qué consideración la tiene nuestra sociedad. El fragmento es del que más me ha gustado: The Hatred of Poetry del poeta Ben Lerner.

Lerner quizás sea más conocido por sus novelas Leaving the Atocha Station y 10:04, pero él reconoce que todo lo que escribe gira alrededor de la poesía. En este libro breve (unas 80 páginas), reflexiona sin mucho orden sobre los motivos por los que el género literario por excelencia suele ser maltratado en la actualidad.

Ben Lerner, fotografía de la MacArthur Foundation
Ben Lerner, fotografía de la MacArthur Foundation

Reconocer en público que te gusta la poesía es un atrevimiento afectado. Suena parecido a confesar que solo escuchas canto gregoriano. Me cuesta imaginar a cualquiera de las personalidades mediáticas de nuestra sociedad leyéndola, ni aunque sea en carnaval. Ben Lerner intenta explicarse (y explicarnos) por qué ocurre esto. Él es de Topeka (Kansas), pero su experiencia es alarmantemente similar a la de Madrid.

Mucha culpa, como el citado texto delata, viene de quienes deberían ser sus defensores: académicos y escritores. La visión que dan ambos de la poesía suele ser equívoca cuando no esotérica. Conceptos románticos como la inspiración o las musas no pasan de moda a pesar de que estoy seguro de que ya eran insoportablemente kitsh cuando se inventaron. Podría ser gracioso encontrárselos de vez en cuando, pero no lo es tanto que hayan enterrado las cualidades verdaderas de quien escribe poesía. Me gustaría que las respuestas sobre el trabajo del poeta hablaran más de tenacidad, de entrenamiento, de preocupación por el lenguaje. Claro que entonces no habría preguntas que llevaran a esas respuestas.

Soy optimista a pesar de todo. Quizás vivamos en un momento crucial para la supervivencia poética. Por un lado, todavía guarda el suficiente regusto elitista como para que cualquier personaje que se considere relevante pueda reconocer que no la lee. Es una de esas costumbres que suenan mal tanto a favor como en contra: si dices que lees, raro; si no lees, ignorante. La estrategia prudente es obviarlo. Por otro lado, los poetas han reconquistado algo de terreno. No es una metáfora. Ahora vuelven a ocupar espacios en bares, teatros y festivales. Hay un público para ellos.

De momento existen más incertidumbres que seguridades, en especial con el nuevo contexto creado por la comunicación digital. Por eso es tiempo de reivindicar sus valores reales y hacer ver que la lengua, como todos los demás, también gusta de contar con las atenciones detallistas de los amantes más obcecados. En español se les conoce como poetas.

Manuel Alcántara-Plá
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