La palabra “populismo” no significa nada

demagogia / populismo, de J.R. Mora

El diccionario Oxford ha elegido “posverdad” (“post truth”) como palabra del año en inglés. En español el término “populismo” no tiene rival. Ha sido el más utilizado en España en estos extraños meses de campaña electoral interminable. No es un neologismo, pero nunca había gozado de tanto éxito. Ahí radica precisamente el motivo de una predicción que me atrevo a hace a sabiendas de que puede sonar descabellada: la palabra “populismo” está condenada a desaparecer por su fama desmesurada. Los sustantivos en los medios son como las abejas. Pueden rondarnos indefinidamente hasta que se deciden a clavar su aguijón. Cuando lo hacen, es el principio de su fin.

“Populismo” aparece en el Diccionario de la Real Academia Española como:

Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares.

La definición viene acompañada de la advertencia de que suele utilizarse despectivamente. Lo cierto es que hasta hace poco no era así, sino que solía emplearse para hablar de ciertos fenómenos políticos independientes de una valoración positiva/negativa y con una caracterización bastante más compleja que la que propone el DRAE. No resultaba tan fácil utilizarlo para etiquetar movimientos concretos. Ahora es diferente. Para los medios de comunicación de la derecha española (El País, El Mundo, ABC, etc.), “populismo” es otra forma para referirse al partido Podemos, pero también les parece una etiqueta adecuada para Trump y Le Pen. Les funciona igualmente con cualquiera que se parezca un poco a unos o a otros. Por un lado tenemos partidos como la Candidatura d’Unitat Popular y a los diferentes “En común”. Por el otro, dirigentes como Putin y Maduro. Sadam Husein murió antes de que los periódicos españoles repartieran carnés de populismo y se fue sin probarlo.

La intensidad en este uso genérico ha sido tanta que nos han convencido incluso a los académicos. He participado en dos congresos sobre discurso político en esta segunda mitad de año y ambos han estado marcados por la palabra mágica. Sumando las ponencias de los dos, uno en Estocolmo y otro en Valencia, se le ha puesto la etiqueta “populista” a los ya mencionados, pero también a Chávez, a los Kirchner, al partido Ciudadanos, a Zapatero, a Rajoy, al Partido por la Libertad austriaco, a la Alternativa para Alemania, al Vlaams Blok belga, al Nye Borgerlige danés, a la Liga norte y al Movimiento Cinco Estrellas italianos, al Partido del Progreso noruego, al UKIP británico, a la Zyriza griega y al Partido Popular suizo. Pareciera que es de mal gusto realizar una presentación sobre comunicación política en el año 2016 y no pronunciar la palabra “populismo”.

Los lingüistas decimos que las palabras que se utilizan para todo terminan por vaciarse de contenido. Si el adjetivo “populista” nos sirve para calificar a Donald Trump y a las personas de la CUP, podrá utilizarse también para lo que hay entre medias, que es todo. Es un adjetivo, por lo tanto, que no nos aporta nada. De hecho, cuando pensamos en los rasgos originales que designaba, observamos que no están presentes en muchos de estos partidos. Un ejemplo es la idea de un líder carismático, evidente en Trump, pero imposible en la CUP, diseñada precisamente para evitarlo. Otra es la lucha contra las élites económicas y el tener unas bases populares, posiblemente fácil de encontrar en la CUP, pero imposible en el multimillonario Donald Trump.

Tras su interesante ponencia, no pude evitar comentarle a Marianne Kneuer que el uso que había hecho del término “populismo” me confundía más que ayudarme porque igualaba movimientos y partidos cuyo interés radicaba precisamente en lo que los diferenciaba. Kneuer coincidió conmigo y propuso hablar de extremistas nacionalistas y anti-liberales, que son los dos rasgos que ella encontraba más preocupantes en el contexto actual. 

Nos estamos dejando llevar por el entusiasmo mediático. Es una temeridad en el caso de los propios medios, pero aún más en el de los académicos. La CUP no puede compartir diapositiva ni noticia con Donald Trump igual que Podemos y Ciudadanos tampoco con el FPÖ. Lo único que les une es la palabra “populismo”, que es un término vacío camino de su entierro. Si no sirve para distinguir realidades, no sirve a secas. O sirve solo para no comunicar: para no tener que decir que muchas propuestas de Trump son nacional-socialistas (esa peculiar mezcla de xenofobia y un Estado reforzado también en lo económico) o que los nuevos partidos proponen cambios de calado que no son cosméticos ni caprichosos. No comunicando el momento de transición que estamos viviendo puede ser una estrategia conservadora eficaz, pero se antoja peligroso anestesiar a la sociedad justo cuando los movimientos intolerantes y violentos están resurgiendo con asombrosa fuerza.

Hay un rasgo que se relaciona con el populismo y que sí comparten todos los ejemplos mencionados arriba. Se trata de la simplificación del discurso político, que desemboca en el sacrificio de la reflexión y la pedagogía en favor del eslogan sonoro y fácil. En eso sí coinciden Putin con la CUP, Podemos con el FPÖ, y todos los demás. También los partidos tradicionales, con candidatos sonrientes, que hacen running o bailan vergonzosamente en prime time. De nuevo, decir que un político es populista es decirle que es como todos los demás o, dicho de otra manera, no decir nada.

La palabra “populismo” no significa nada. Empecemos a llamar a cada cosa por su nombre antes de que las diferencias nos estallen en la cara.

Manuel Alcántara-Plá
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