Occidente exagera el porcentaje musulmán de su población

Los europeos exageramos el porcentaje de nuestra población que es musulmana

El periódico The Guardiaha publicado un artículo haciéndose eco de un estudio de Ipsos Mori donde se muestra hasta qué punto exageramos a la hora de contabilizar el porcentaje de nuestra población que es musulmana.

La encuesta se ha realizado en 40 países con resultados aberrantes en todos ellos. En la gráfica de arriba tienes unos cuantos ejemplos, incluida España. Destaca Francia, donde los encuestados pensaron que rondaban el 31% de la población (¡y que llegarían al 40% en apenas 4 años!) mientras que la realidad no llega al 7.5%. Los estadounidenses también deberían hacérselo mirar: tienen la percepción de que uno de cada seis vecinos es musulmán, pero la cifra real se acerca más a uno de cada cien. En todos los casos, el fallo de cálculo se agrava cuando se pregunta por la evolución de esos porcentajes en el futuro.

Podríamos pensar que esto se debe a nuestro nivel en matemáticas, pero me temo que tiene más que ver con el nivel de nuestros medios de comunicación. La subjetividad de las respuestas está amplificada por los temores existentes ante la “llegada” de musulmanes a Occidente. Las comillas son importantes porque, para empezar, se obvia la existencia de quienes no vienen, sino que están. Nosotros estamos comprobando en nuestro proyecto sobre Twitter que la inmigración siempre se anuncia cuantificada, con números imprecisos, pero grandes. La investigadora de Múnich Teresa Gruber nos contaba hace poco cómo solían describirse en la prensa a través de metáforas de catástrofes naturales incontrolables: mareas, oleadas, tsunamis…

Ante este tratamiento, de poco sirve ponerse a explicar que “musulmán” no es igual a peligroso. Un tsunami es temible aunque se tratara de turrón (que ese sí que se nos viene encima pronto). Lo que ocurre en nuestras sociedades con las minorías es perverso desde un punto de vista comunicativo. A su inferioridad en número, su falta de representatividad en los poderes y su indefensión jurídica, le sumamos un discurso en el que aparecen representados como gigantes amenazantes. Como cuando un niño mayor, describe lo terrible que es el pequeño al que acostumbra a agredir.

 

(Me dio la pista Anna Marchi).

 

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