Cultura libre (Lawrence Lessig)

Cultura Libre

Prefacio del libro Free Culture de Lawrence Lessig (mira al final del artículo para encontrar información sobre su licencia de copia):

“AL FINAL DE su reseña de mi primer libro, Código: Y otras leyes del ciberespacio, David Pogue, brillante escritor y autor de innumerables textos técnicos y relacionados con la informática, escribió:

A diferencia de las leyes reales, el software de Internet no puede castigar. No afecta a la gente que no está conectada (y solamente lo está una minúscula minoría de la población mundial). Y si no te gusta el sistema de Internet, siempre puedes apagar el módem.

Pogue era escéptico por lo que respecta al argumento central del libro–que el software, o “código”, funcionaba como un tipo de ley–y su reseña sugería el pensamiento feliz de que si la vida en el ciberespacio se estropeaba, siempre podíamos, “pim, pam, pum”, pulsar un interruptor y volver a casa. Apaga el módem, desenchufa el ordenador y cualquier problema que exista en ese espacio no nos “afectará” ya nunca más.Puede que Pogue tuviera razón en 1999–soy escéptico, pero quizás sí. Pero incluso si tenía razón entonces, hoy no la tiene: Cultura libre es sobre los problemas que Internet causa incluso después de haber apagado el módem. Es una discusión sobre cómo las batallas que se luchan hoy en relación a la vida en Internet afectan a “la gente que no está conectada” de un modo crucial. No hay interruptor que pueda aislarnos del efecto de Internet.

Pero a diferencia de Código, la discusión aquí no es sobre Internet en sí misma. Trata, más bien, de las consecuencias que Internet ha tenido en una parte de nuestra tradición que es mucho más fundamental y, por difícil que sea admitir esto por parte de un aspirante a geek, mucho más importante.

Esa tradición es la manera en la que se construye nuestra cultura. Tal y como explico en las páginas que siguen, venimos de una tradición de Cultura libre–no necesariamente “gratuita” en el sentido de “barra libre” (por tomar una frase del fundador del movimiento del software libre), sino “libre” en el sentido de “libertad de expresión”, “mercado libre”, “libre comercio”, “libre empresa”, “libre albedrío” y “elecciones libres”. Una cultura libre apoya y protege a creadores e innovadores. Esto lo hace directamente concediendo derechos de propiedad intelectual. Pero lo hace también indirectamente limitando el alcance de estos derechos, para garantizar que los creadores e innovadores que vengan más tarde sean tan libres como sea posible del control del pasado. Una cultura libre no es una cultura sin propiedad, del mismo modo que el libre mercado no es un mercado en el que todo es libre y gratuito. Lo opuesto a una cultura libre es una “cultura del permiso”–una cultura en la cual los creadores logran crear solamente con el permiso de los poderosos, o de los creadores del pasado.

Si comprendemos este cambio, creo que podemos resistir contra él. No “nosotros” en la izquierda o “ustedes” en la derecha, sino nosotros que no tenemos ningún interés personal en las industrias particulares de la cultura que definen el siglo XX. Ya estés en la izquierda o en la derecha, si careces de intereses en este sentido te va a preocupar la historia que aquí cuento. Porque los cambios que describo afectan a valores que ambos bandos de nuestra cultura política consideran fundamentales.

Vislumbramos este sentimiento de escándalo bipartidista a principios del verano del 2003. Mientras que la Comisión Federal de Telecomunicaciones (FCC en inglés) sopesaba cambios en las reglas de propiedad de los medios que relajarían los límites de la concentración de medios, una extraordinaria coalición generó más de 700.000 cartas a la FCC oponiéndose a los cambios. Mientras William Safire se describía a sí mismo marchando “incómodo al lado de las Mujeres del Código Rosa para la Paz y la Asociación Americana del Rifle, entre la progresista Olympia Stowe y el conservador Ted Stevens”, formuló quizás de la manera más simple lo que estaba en juego: la concentración de poder. Y entonces se preguntó:

¿Esto te suena poco conservador? A mí no. La concentración de poder–político, corporativo, mediático, cultural–debería ser un anatema para los conservadores. La difusión de poder a través del control local, animando así la participación individual, es la esencia del federalismo y la expresión más grande de la democracia.

La idea es un elemento del argumento de Cultura libre, aunque mi enfoque no es solamente la concentración de poder producida por las concentraciones de la propiedad, sino que, de un modo más importante, aunque sea debido a que es algo menos visible, el enfoque de mi discusión es la concentración de poder producida por un cambio radical en el campo efectivo de acción de las leyes. Las leyes están cambiando; ese cambio está alterando la forma en la que se construye nuestra cultura; ese cambio debería preocuparte–da igual si Internet te preocupa o no, da igual si estás a la izquierda o la derecha de Safire.

LA INSPIRACIÓN PARA el título y para gran parte de la argumentación de este libro proviene de la obra de Richard Stallman y la Fundación del Software Libre. De hecho, mientras releo la propia obra de Stallman, especialmente los ensayos en Software libre, sociedad libre, me doy cuenta de que todas las intuiciones teóricas que desarrollo aquí son ideas que Stallman describió hace décadas. Se podría muy bien defender que esta obra es “meramente” derivada.

Acepto esa crítica, si de verdad es una crítica. El trabajo de un abogado siempre es derivado del de alguien, y en este libro no pretendo hacer más que recordarle a una cultura una tradición que siempre ha sido suya. Como Stallman, defiendo que la tradición es la base de los valores. Como Stallman, creo que estos valores son los valores de la libertad. Y como Stallman, creo que estos valores de nuestro pasado necesitarán ser defendidos en nuestro futuro. Nuestro pasado ha sido una cultura libre, pero solamente lo será en nuestro futuro si cambiamos el rumbo en el que vamos.

Como con los argumentos de Stallman para el software libre, una discusión a favor de una cultura libre tropieza con una confusión que es difícil de evitar y aún más difícil de entender. Una cultura libre no es una cultura sin propiedad; no es una cultura en la que no se paga a los artistas. Una cultura sin propiedad, o en la que no se paga a los artistas, es la anarquía, no la libertad. La anarquía no es lo que aquí propongo.

Por contra, la cultura libre que defiendo en este libro es un equilibrio entre la anarquía y el control. Una cultura libre, como un mercado libre, está llena de propiedad. Está llena de reglas para la propiedad y los contratos, y el estado se asegura de que se apliquen. Pero de la misma manera que un mercado libre queda pervertido si su propiedad se convierte en algo feudal, una cultura libre puede verse también desvirtuada por el extremismo en los derechos de la propiedad que la definen. Esto es lo que hoy día temo que ocurre en nuestra cultura. Es contra este extremismo que he escrito este libro.”

(Esta versión digital de Cultura libre, traducción de Free Culture, de Lawrence Lessig, ha sido licenciada por Antonio Córdoba / Elástico con una licencia de Creative Commons. Esta licencia permite los usos no comerciales de esta traducción en tanto en cuanto se atribuya la autoría de la traducción. La obra original de Free Culture ha sido licenciada por su autor, Lawrence Lessig, también con una licencia de Creative Commons.

Para más información sobre ambas licencias, visítese: http://www.creativecommons.org/licenses/by-nc/1.0/.)

Tanto la obra original en inglés como su traducción al español están disponibles en internet íntegra y gratuitamente en estos enlaces.)

Manuel Alcántara-Plá
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