Los grandes espacios urbanos

Agua ¿libre?

Los espacios urbanos cambian reflejando nuestros nuevos intereses y nuestras nuevas actitudes. Esa es una realidad que tiene mucho que ver con bastantes de las cosas que publicamos en Inicios, y aún más con la calidad de vida que (no) disfrutamos. Para profundizar en este tema, hemos querido cederle aquí la palabra a David Nicholson-Lord, director de la Urban Wildlife Network, subdirector del New Economics Foundation y socio de la Optimum Population Trust, además de autor de varios libros y numerosos artículos. Queremos agradecerle que nos haya permitido publicar aquí sus reflexiones (de las que él conserva los derechos, no hay licencia CC aquí):

Lo que estoy a punto de escribir es algo así como una parábola. Como corresponde a una pieza que es parcialmente retrospectiva, trata de los contrastes entre el pasado y el futuro. Más concretamente, trata de una pequeña parte del futuro que he vislumbrado recientemente.

No lejos de donde vivo, en el sur de Londes, hay un parque con algunas casas grandes y caras dándole la espalda. Desde que las casas han sido valoradas en alrededor de dos millones de libras (más de tres millones de euros), las ha habitado la plutocracia feudal de la City & S.A. Al fondo de sus jardines, donde la gente común puede curiosear a través de la alta valla de metal, ha brotado una extraña erupción de nuevos edificios. Ahora hay al menos tres de ellos, al haber copiado un vecino al otro. Se parecen un poco a pequeños cobertizos de lujo y cuestan más de 10.000 libras (alrededor de 15.000 euros). A no ser que conozcas a la gente a la que esto incumbe o que hayas observado detalladamente el proceso de construcción, no podrías ni imaginarte qué es lo que sucede dentro de ellos.

Cada cobertizo contiene, no las herramientas de trabajo pasadas de moda, sino una pequeña piscina perfectamente formada donde, tranquilamente y en completa privacidad, los nuevos plutócratas pueden oponer su voluntad y su estamina a una corriente eléctricamente generada y calibrada de forma precisa de acuerdo con la velocidad de natación seleccionada. Las piscinas no son mucho más grandes que una bañera, de modo que no podrías nadar a ningún sitio incluso si quisieras. Nadas y nadas, pero permaneces siempre en el mismo sitio. El término técnico para este ejercicio es “natación de resistencia”. A uno de los modelos se lo conoce como “piscina infinita”.

Yo crecí en las afueras de Manchester – lo cual era mucho más salvaje de lo que suena. Teníamos un jardín demasiado crecido donde pasaba largos períodos de tiempo subido a los árboles, un par de estanques cercanos, un bosque y una granja que funcionaba a medias a unos cien metros y, más allá de ellos, un valle periurbano con trozos pantanosos y juncos. En cuanto a los cobertizos en el jardín, teníamos un anexo que llamábamos cobertizo de herramientas. Contenía, como su nombre indica, herramientas – rastrillos, azadones, palas.

La riqueza total en aquellos días era mucho menor y las desigualdades menos pronunciadas: la abundancia ostentosa parecía escasa. Nadie se preocupaba demasiado por el crimen, sin duda en parte porque había menos que robar, y los niños emprendían de forma rutinaria largos viajes en solitario en el transporte público sin la protección del móvil. Los niños también contribuían a las tareas domésticas – uno de mis trabajos era limpiar las parrillas de la cocina y hacer los fuegos – y recibían regularmente regañinas en público por parte de “extraños” cuando se comportaban mal.

Me imagino que la mayoría de la gente de cierta edad comparte este tipo de recuerdos. Los que se sienten exlcuídos de ellos – normalmente porque son demasiado jóvenes para tener ningún recuerdo propio del mismo tipo – frecuentemente recurren a la sátira. Sin embargo, una de las consecuencias inevitables del envejecimiento – de cualquier envejecimiento, incluso a partir de los veinte años – es que adquirimos perspectivas que simplemente no estaban disponibles antes. Descuidamos estas perspectivas, creo yo, a nuestro propia cuenta y riesgo.

No tengo ni idea de si la “vida” era “mejor” o “peor” en la década de los sesenta. La cuestión, tan pronto como la planteas, se desliza fuera de control. Las pruebas con las que contamos sugieren que somos casi tres veces más ricos, en términos económicos, pero de algún modo también estamos menos satisfechos. Pero cuando uno observa cómo se han desarrollado las actitudes hacia el medio, es difícil no llegar a conclusiones más sombrías.

La visión ortodoxa consiste en que el medio ambiente se ha convertido len una corriente dominante, personificada en instituciones, políticas y actitudes y que la sociedad civil verde nunca lo ha tenido tan bien. Es un argumento superficialmente atractivo, pero ignora algunas fuerzas contrarias poderosas. Entre estas citaría: el aumento del individualismo competitivo como la ideología dominante en el planeta; la primacía de los valores comerciales alrededor del “sentirse bien”; la decadencia de la fe en la acción colectiva, acompañada por un miedo creciente al ámbito público; y la extensión de la riqueza material. En particular, el que los ingresos se hayan triplicado ha permito a la gente gratificar sus apetitos de formas ni soñadas en los sesenta, convirtiendo deseos en necesidades, moderación en exceso, abundancia en saciedad. El alcohol y los coches, ambos ausentes durante mi infancia, se han convertido en tóxicos. Los niños, a los que se ha enseñado a considerar las marcas de diseño como derecho de nacimiento, se sienten insultados si les pides que se laven. Las posesiones, ahora ubicuas, son la materia prima del crimen.

Nuestra nueva riqueza, lejos de reforzar la concienciación mundial, parece haberla disuelto o, al menos, diluido. No estoy seguro de qué es más deprimente – la auscencia relativa de preocupación medioambiental entre los adolescentes y veinteañeros, la recaída de nuestra actitud hacia otras especies o la repetidamente demostrada tendencia de nuestro comportamiento a cambiar sólo cuando la crisis es inminente. Así, mientras que 1960 nos dio la mentalización con respecto al medio ambiente, el siglo XXI nos ha dado hasta ahora la negación. De modo integral, la sociedad humana se ha vuelto sobre sí misma y, parcialmente como corolario, nuestras libertades psicológicas – nuestro sentido de lo que es ser un individuo libre – han disminuido y han sido obstaculizadas. Este es, para mí, el cambio más preocupante de todos y creo que puede ser localizado parcialmente en los contextos físicos y demográficos de nuestras vidas.

En los últimos 40 años, el Reino Unido, y el mundo en general, se ha convertido en un lugar más poblado, más urbano, más controlado, hollado, habitado. Ahora hay unos siete millones más de personas en el Reino Unido – una ciudad del tamaño de Londres. Así, convivimos en creciente desorden y confusión. Nuestros apetitos e impactos, nuestras vidas y espacios de vida, de necesidad, están más estrechamente controlados. Para mí, los destartalados bosques y estanques de la periferia urbana han sido sustituidos por los espacios verdes controlados de los barrios residenciales. Ahora es difícil para los niños encontrar árboles a los que trepar, incluso si se les permitiera; los jardines se están haciendo más pequeños; las herramientas son para las clases obreras en desaparición y la mayoría de las vidas profesionales transcurren contemplando el ordenador. Como especie, nos hemos trasladado a los Grandes Espacios Urbanos, con sus variadas diversiones y distracciones, y estamos simplemente perdiendo la naturaleza de vista, excepto como un suceso puntual en el fin de semana o en las vacaciones y entonces generalmente sólo en forma de réplica o de sustitutivo. ¿Es, por tanto, extraño que no veamos, no pensemos demasiado o no nos preocupemos? ¿O que nos retiremos dentro de nosotros mismos, de nuestros hogares, de nuestras familias, convirtiendo en fetiches lo que contienen – decoración, carreras, posesiones, progenie?

En este sentido, la piscina infinita es una versión del futuro – una visión en la que la riqueza, la superpoblación, el individualismo y el comercialismo nos están capturando. Se trata ciertamente de negación, pero negación gracias a un perverso giro de indulgencia y extravagancia – en este caso, la expulsión de emisiones de CO2 por una actividad que, como lo es calentar un patio o tener chorros en la piscina, es esencialmente marginal . Se trata aquí de lo patogénico que se ha vuelto nuestro habitat urbano – sedentario, claustrofóbico, autorreflexivo – y, por tanto, del ego contemporáneo, su obsesión con la imagen corporal, su intensificado narcisismo. Se trata también de nuestra relación con el mundo más allá de nuestro hogar, oficina y ciudad, o de lo que quede de él. Cuando ví erigir la primera piscina infinita, me pareció uno de los frutos podridos del privilegio, otro de los signos de cómo los superfluamente ricos se están encerrando lejos del resto de nosotros, pero ahora pienso que esa es solo la mitad de la historia. En realidad, es un viaje hacia el onanismo, el solipsismo y la decadencia – un viajero solitario en un medio alternativo, moviéndose constantemente, sin ver nada ni ir a ninguna parte.

© David Nicholson-Lord

Traducción al español: Inicios

Le damos las gracias a Adbusters Magazine por facilitarnos el texto y ponernos en contacto con David.

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