La obviedad del vértigo

Cuando tenía seis años, Eva Sierra decidió que sería jueza. Lo vislumbró en un mal telefilme del que no recordaría más detalle. A partir de aquel día, daría igual lo que hiciera o lo que le ocurriera, el futuro era cierto. Su determinación perfiló su vida: su agenda, sus relaciones, sus viajes. Eva Sierra consiguió ser jueza a los treinta y ocho años, soltera, con poca suerte con las parejas, una casa que amaba sobre todas las cosas, una pasión evidente por la literatura fantástica y la costumbre de ir al menos una vez a la semana al café del Reina para tomar un capuccino con un pedazo de tarta selva-negra. Una tarde, esperando el tren tras una típica jornada de trabajo, empujó a quien esperaba ante ella en el andén haciendo que el cuerpo cayera sobre las vías justo cuando llegaba la máquina.

César Alarcón tuvo mala suerte con los padres que le tocaron en gracia, pero bastante buena con Adela Jiménez, su pareja desde los diecisiete años, quien lo amó siempre sin condiciones. Probablemente los dos momentos más importantes en su vida fueran el nacimiento de Débora, su hija, y el final feliz del cáncer de pecho de Adela. Por ellos daba gracias piadosamente cada noche antes de dormir. Renegaba de sus labores en la empresa con sinceridad plena, pero se reconocía contento con algunos ratos de los que pasaba fumando con los compañeros. Una tarde, mientras esperaba el tren tras una típica jornada de trabajo para volver a casa -previa parada estratégica en el bar de Eusebio con los amigos-, notó que alguien lo empujaba suavemente a las vías y, sin saber muy bien por qué, se dejó hacer.

Manuel Alcántara-Plá
Más información sobre mí en Info / You can find information about me in this page.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: