Los hijos del obispo

De tanto dar vueltas con la mano estirada contra el muro redondo, la pared y las yemas de sus dedos desarrollaron surcos complementarios. Los encerraron cuando apenas gateaban, separados por piedras de granito circulares. Les crecieron las lenguas en lo más profundo de sus torres de cuento. Alimentados a través del suero amoroso, ciegos por falta de estímulos que ver.

Los surcos fueron formando espirales con el paso primero de los meses y de los años después. Los hijos del obispo no cesan en su camino. Giran alrededor del vacío desde sus tiempos inmemorables. Brazo estirado, mano insensible.

Manuel Alcántara-Plá
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