La obviedad del vértigo (A)

Eva Sierra decidió que sería jueza cuando apenas tenía seis años. Lo vislumbró en un mal telefilme del que después no recordaría más detalle.

A partir de aquel día, igual lo que hiciera o lo que ocurriera, el futuro era cierto y esa determinación perfilaría su vida: su agenda, sus relaciones, sus viajes.

Eva Sierra consiguió ser jueza a los treinta y ocho años, soltera, con poca suerte con las parejas, una casa que amaba sobre todas las cosas, una pasión evidente por la literatura fantástica y la dulce costumbre de ir una vez a la semana al café del Reina para tomar un capuccino con un pedazo de tarta selva-negra.

Una tarde en el andén, esperando el tren tras otra jornada de trabajo, empujó a quien esperaba ante ella e hizo que aquel cuerpo desconocido cayera sobre las vías justo cuando llegaba la máquina.

(La obviedad del vértigo – E)

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