La obviedad del vértigo (E)

César Alarcón tuvo mala suerte con los padres que le tocaron en gracia, pero buena con Adela Jiménez, su pareja desde los diecisiete años, quien lo amó siempre sin condiciones.

Probablemente los dos momentos más importantes en su vida fueran el nacimiento de Débora, su hija, y el final feliz del cáncer de pecho de Adela. Por ellos daba gracias piadosamente cada noche antes de dormir. Por lo demás, renegaba de sus labores en la empresa con sinceridad plena, pero se reconocía contento con algunos ratos de los que pasaba fumando con los compañeros.

Una tarde, mientras esperaba el tren tras una típica jornada de trabajo para volver a casa -previa parada estratégica en el bar de Eusebio con los amigos-, notó que alguien lo empujaba suavemente a las vías y, sin saber muy bien por qué, se dejó hacer.

(La obviedad del vértigo – A)

Manuel Alcántara-Plá
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