El cordero místico de Eduardo Arroyo en el Museo del Prado

Fragmento de El cordero místico de Eduardo Arroyo

Por primera vez en demasiado tiempo, hoy he tenido un rato para visitar una exposición y para escribir sobre ello aquí, en mi pobre y abandonado blog. Aunque ha sido por buenas razones, ¡cuánto he echado de menos ambas cosas!

Mi regreso a las exposiciones no ha sido poco ambicioso: nada más y nada menos que a las del Museo del Prado sobre Rafael y Murillo. Obviamente nada nuevo bajo el Sol a ese respecto: dos expos muy disfrutables y, como ocurre con museos como el Prado, cualquier pretexto es bueno para dar una vuelta por la colección permanente.

La sorpresa ha venido por quien acompaña a los dos maestros en el edificio dedicado a las temporales. Se trata de la anunciada exposición de Eduardo Arroyo, una revisión de la obra El cordero místico de los hermanos Hubert y Jan van Eyck, conservada en Gante. Afortunadamente la reproducción que se nos ofrece del original es lo suficientemente pequeña como para no hacer más sangre al compararlo con la obra de Arroyo, pero no acierto a comprender qué les ha llevado a la gente del Prado a ocupar una de sus salas con ese contenido. Parece que el artista ha dicho que no hay nada sacrílego ni de burla en su modernización de la obra. Estoy de acuerdo. No hay ni eso ni ninguna otra cosa. No sé si pecaré de elitista al decir que el acto verdaderamente sacrílego lo ha cometido el comisario de la exposición al poner este políptico tan cerca de Rafael y Murillo (por no hablar del resto de habitantes del museo). Señor comisario: ¿Qué aporta esta exposición al resto? Para mí es como una poderosa criptonita que no me deja ni imaginar cómo habrá sido el primer paseíllo de los responsables una vez montada la sala. ¿Llevarían calcetines blancos? ¿Cómo de ancha sería la moldura de sus gafas para esta ocasión? ¿Mirarían las paredes serios o sonrientes? ¿Mirarían las paredes o lo que colgaba de ellas?

¡Tantas dudas para una vuelta al mundo del arte contemporáneo! Y, para más desasosiego en mi interior, todo parte desde cierta admiración previa tanto hacia el artista como hacia el comisario que me hace pensar que, como ocurre con más de un cuadro de esa pinacoteca, quizá el exceso se encuentre en el marco.

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