Evaluando para la innovación

Qué evaluamos

Conseguir una evaluación justa es uno de los mayores retos y preocupaciones de quienes impartimos docencia reglada. No queremos dar mayor ni menor nota a cada estudiante de la que merece y pretendemos que además sea coherente con respecto al nivel de notas del grupo. Ese es nuestro deseo y aún más el de los evaluados. Hay diversas técnicas estadísticas que se encargan de esto y le dedicaremos un espacio de debate aquí más adelante, pero la cuestión sobre la que querría llamar la atención ahora es mucho más básica: queremos ser justos en la evaluación, pero ¿evaluando el qué?

La respuesta tradicional, que creo que no me arriesgo mucho al decir que también es la que practicamos mayoritariamente hoy en día, es evaluar el conocimiento exacto de los contenidos de la asignatura. Una respuesta correcta suma puntos y una errónea los resta.

El problema surge cuando nos proponemos enseñar algo más que contenidos. Por ejemplo, cada vez hay una demanda más clara de un perfil innovador que se les exigirá a nuestros estudiantes en el mundo laboral. Las empresas prefieren personas creativas que no se atasquen ante problemas nuevos. Una persona innovadora no es la que sólo apuesta por lo que sabe a ciencia cierta que será un éxito, sino la que prueba sin temor al fallo con el convencimiento de que la innovación surgirá de la reiteración de ensayos. Esto es algo que la empresa del siglo XXI está buscando y que el ámbito de la academia e investigación debería llevar en su ADN.

Queremos que fallen

El modo tradicional de evaluación choca frontalmente con el espíritu innovador. El primero premia la seguridad en el acierto mientras que el segundo vive del riesgo. La cuestión es cómo adaptar nuestros métodos de evaluación para resolver esta contradicción y no arruinar la capacidad creativa que tienen de forma innata nuestros estudiantes. Quizá esté en esto último la clave. El debate típico sobre estas cuestiones gira en torno a cómo fomentar la innovación. Sin embargo, es más que evidente que un niño no necesita que le incentiven mucho la creatividad; la trae “de serie”. Lo que tenemos que hacer es aprender a no anulársela. ¿Cuánta responsabilidad tiene nuestra forma de enseñar en la pérdida de espíritu innovador que sufren los estudiantes desde primaria hasta que salen de la universidad? Seguro que no ayuda el que el proceso educativo se haya convertido en un recorrido plagado de obstáculos en forma de exámenes de infalibilidad. No nos hace ser muy optimistas que el empeño de los políticos en que sea así parezca cada vez mayor (a la vez que se lamentan de la pobreza del tejido innovativo).

Si queremos enseñar innovación queremos que nuestros estudiantes fallen sin miedo, de lo que se deduce que debemos valorar positivamente el error. Por supuesto que la idea no es que todo valga. Una evaluación justa debería tener en cuenta el esfuerzo e interés que el alumno ha puesto en la materia. La dificultad se encuentra en que tampoco nos suele parecer correcto evaluar el esfuerzo sin más, sino aquel dedicado a los objetivos de nuestro curso, con lo que volvemos al problema inicial… ¿Cómo sabemos si ha sido así sin evaluar negativamente los errores?

Tecnologías para evaluar la innovación

Saber en qué y cómo están invirtiendo su tiempo los estudiantes es algo relativamente fácil de conseguir en grupos pequeños. Por desgracia, la falta de apuesta por la educación que sufrimos en algunos lugares hace que ese contexto sea poco más que un sueño no sólo en la educación pública española; con otros estándares en la cabeza, lamentos muy parecidos salen actualmente de la boca de profesores de las universidades más prestigiosas y privadas de Inglaterra y los EEUU. Otra cosa es que nosotros nos conformásemos con una pequeñísima parte de lo que ellos tienen a pesar de sus ajustes presupuestarios.

Todos nos enfrentamos al problema de grupos demasiado grandes para una supervisión personalizada. Por suerte, ahora contamos con algunas herramientas que nos pueden ayudar. Las más importantes son las plataformas de docencia en red. Utilizaré como ejemplo el sistema Moodle por ser el que utiliza la institución en la que trabajo, pero lo mismo se puede decir de la mayoría existentes. Estos sistemas nos permiten, por un lado, sacar parte de la docencia teórica del aula a través de documentos, enlaces a recursos, etc. mientras que, por otro, nos ofrecen un panorama completo de la interacción de cada estudiante con los trabajos propuestos en la plataforma. Podemos saber qué documentos se han descargado, qué tareas han realizado y cuándo, cuántas veces han intentado cada ejercicio, etc. Es decir, podemos leer de forma resumida la actividad del estudiante en nuestra asignatura. Para ello, debemos diseñar los contenidos online con este objetivo en mente de modo que sea relevante para nosotros saber qué partes de ellos han sido visitados y con qué frecuencia.

Un plus es la posibilidad que nos ofrecen de permitir que los ejercicios se intenten varias veces y que den información de manera automática cuando sean realizados. Si las respuestas son correctas, podemos reforzar el resultado positivamente; si no lo son, podemos dar “pistas” para su resolución y animar a continuar intentándolo. Lo importante para nosotros no sería tanto que se haya conseguido el resultado correcto a la primera, sino que se haya seguido un proceso correcto en su búsqueda de forma que el resultado pueda no ser el que nosotros esperábamos, pero podamos reconocer un trabajo bien realizado. Al fin y al cabo, si usamos problemas reales, lo más normal es que la respuesta “correcta” sea relativa.

En mi experiencia, este tipo de evaluación requiere de bastante pedagogía con los estudiantes sobre cómo funciona el método y cuáles son los objetivos que se pretenden. Así como nosotros cambiamos el lugar donde ponemos el foco a la hora de evaluar, ellos deben cambiarlo también al establecer sus prioridades de estudio. Se está buscando creatividad y reiteración, los dos ingredientes mágicos de la innovación, y requieren que ellos tengan claro que necesitan trabajo, paciencia y tener muy claros los objetivos de cada parte del curso.

Manuel Alcántara-Plá
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