La caja (cap. 1)

La historia comienza en algún momento anterior a la persecución, probablemente algunas semanas antes en aquella parada en la estación de servicio. No había elección. Llevaban muchas horas en marcha y no sabían cuándo volverían a encontrarse con otra oportunidad. Eso nunca se podía predecir. Tenían los depósitos tan vacíos como el auto.

Como era de esperar, no había más clientes en la tienda. El encargado les saludó con ostensiva desgana. Tener dos visitantes en aquella mañana imposible para las ventas no parecía hacerle la más mínima ilusión. Era comprensible. Ellos le devolvieron el gesto y se pusieron a hurgar por las estanterías. No había mucho donde elegir, pero lo poco existente estaba lo suficientemente desordenado como para mantener la ilusión de encontrar alguna sorpresa. Es a lo que se dedican los desesperados, a desorganizarlo todo con la idea de que el producto que anhelan siga ahí cuando vuelvan con algo que dar a cambio.

Dieron dos repasos a los pasillos. Es difícil elegir qué es lo que menos te disgusta. Hicieron un último intento juntos a sabiendas de que los comentarios de uno y otro acabarían animándoles a comprar algo. Cogieron algunas bolsas de pseudopatatas fritas, una garrafa de bebida naranja vitaminada y varias cajas de pan seco. El apetito haría después el resto. En realidad, lo más inteligente era aprovisionarse de más cosas ante la incertidumbre, pero siempre terminaban cogiendo lo justo quién sabe si por lo desalentador de la oferta o porque se habían contagiado ya de ese extraño ánimo general de supervivencia arrastrada.

Sólo quedaba pagar y volver al exterior. Las ventanas brillantes no les permitían olvidar que, por increíble que pareciera, fuera la temperatura era aún más alta, el ambiente aún más seco, la soledad más real. Annie quiso aprovechar para ir al baño, un refinamiento, si se le puede llamar así a los baños de carretera, que apenas tenía ocasión de permitirse. Su preferencia no era por nostalgia ni obviamente por pudor; se trataba simplemente de poder hacerlo a la sombra.

El tendero puso un revólver sobre la mesa.

“Quién podría imaginar que llegaríamos a esto”, comentó Sean con voz socarrona, “que fuera el propio encargado el que nos pasara el arma”.

“No sé ustedes, pero yo no voy desarmado ni a mear.” Y quiso insistir: “Ni a mear”.

“Sí, nosotros tenemos el nuestro en el coche.”, concedió Sean.

Annie cogió el revólver y desapareció por la puerta de los aseos. Sean odiaba quedarse a solas con otra persona. El problema no era él. Tenía gusto por la conversación con cualquiera o, mejor dicho, la había tenido antes de que todo cambiara y a la gente pareciera molestarle abrir la boca. Todo se sentía como una intromisión, como un exceso, una violación intolerable del aburrimiento. El comentario más inocente podía perderse en interpretaciones extrañas. Por qué se hacía el gasto de expresar algo era ahora más importante que aquello expresado. Sean prefería callar y permanecer tranquilo en su silencio. Ya incluso prefería que no le dirigieran la palabra para no correr riesgos. Mejor pensado, quizá sí se había convertido en parte del problema como todos los demás.

Sean se acercó a la ventana para observar la nada y darle la espalda al tendero. Horizonte amarillo, tierra amarilla, vegetación escasa y siempre seca, fosilizada bajo los rayos del Sol nubes amarillas y silbidos de viento que se oían lejanos gracias al cristal. El dibujo de la carretera se perdía antes de abandonar la estación de servicio devorado por el calor y la arena. Sean se concentró en el ruido repetitivo que sentía a su espalda. Era el bolígrafo del encargado golpeando insistentemente sobre la mesa sin ser capaz de encontrarle un ritmo.

“No tienes el aire funcionando, pero es increíble lo que se nota el frescor al entrar.”, no pudo evitar Sean el comentario.

“Funciona a veces. Es impredecible. Media hora o así cada semana”, obtuvo como contestación sin que parase el tintineo. Sean estaba seguro de que no era verdad, que funcionaba el aire más de lo que le estaba diciendo, pero ya estaba acostumbrado a no protestar por ese tipo de engaños que ni perjudicaban ni beneficiaban a nadie. ¿Mentiría para evitar suspicacias por el origen de la energía que utilizaba? ¿Acaso quedaba alguien que viviera aún de energía legítima?

El brillo del Sol poseía cierta capacidad hipnótica. Lo tenían ante sí la mayor parte del tiempo, pero no perdía por ello su atracción. Su luz entraba por los ojos, pero después te invadía por dentro junto a su olor característico e impregnante. El mismo que emanaba de la comida independientemente de los ingredientes de los que estuviera compuesta, del agua en el caso cada vez más improbable de encontrarla sin algún tipo de contaminación, de su piel y de la piel de Annie, aunque en ella todavía podía percibir sensaciones antiguas. A Sean le pareció que el silbido del viento era más fuerte de lo habitual y se sorprendió a sí mismo alegrándose por ello. No había ningún motivo para hacerlo; ningún motivo que no fuera agradecer cualquier cambio en aquel tedioso desierto.

Un ruido sordo vino de los aseos. Fue seguido inmediatamente por gritos y otro ruido más fuerte que pareció golpear una puerta o algo así. Las voces, animales y profundas, no dejaban lugar a dudas sobre lo que estaba ocurriendo. Después sonó un disparo y otro y otro y finalmente el soplido cavernoso del tendero, como si dejara escapar una tensión acumulada durante meses o años o anterior a todos ellos.

Sean salió corriendo. En los lavabos Annie se limpiaba la sangre con agua.

“No sé de dónde ha salido. Tenía que estar ya aquí dentro.”

Le miró un segundo con sus ojos negros inexpresivos y continuó limpiándose.

En el suelo yacía el cuerpo de una mujer de una edad similar a la de ellos, unos cuarenta años. El encargado no se había movido de detrás de la caja y tampoco les hacía falta para comprenderlo todo. Sean pensó que en otro tiempo le habrían pedido explicaciones y le reconfortó ser al menos consciente de que su comportamiento actual no había sido siempre el normal.

“Lo siento de veras. Yo no lo podía hacer”, se disculpó tímidamente el hombre cuando salieron del baño. Ellos ni tan siquiera lo miraron. Simplemente fueron al coche, se montaron en él y desaparecieron en el vacío.

Continuará…

(De la novela corta La caja)

Manuel Alcántara-Plá
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