La caja (cap. 2-1)

Las noches eran la medida del tiempo. Los días se mantenían idénticos entre sí, planos, un bucle cotidiano del que ya nadie recordaba el inicio y al que nadie en sus cabales podría haberle imaginado un buen final. Los días eran la carretera, la sensación constante de sed y las miradas cansadas al cuentakilómetros y al depósito de gasolina.

Si ocurría algo, nunca cambiaba nada. Se podían cruzar con otro vehículo; era muy raro que pararan por ello y tuvieran alguna interacción con los otros viajeros, pero eso también podía pasar; a veces veían algún grupo de ajenos, normalmente a través de los prismáticos; puntualmente se encontraban con alguno más cerca como había ocurrido en la estación de servicio; su eliminación era ruidosa y sangrienta, pero a eso también se habían acostumbrado.

Annie distrae el camino limpiándose con las uñas de una mano la sangre que se le ha quedado en las de la otra. No han comentado nada. Tampoco habrían podido decir más que obviedades. Habría sido posible discutir, por ejemplo, sobre la falta de ética del encargado, que no les había avisado. De alguna manera, sin embargo, era lo esperable. No se trataba desde luego de la primera emboscada de ese tipo que sufrían. Ellos mismos habían provocado una hacía unos años. ¿De qué iban a discutir entonces? Lo inevitable no se puede discutir. Simplemente había pasado y, si de algo estaban seguros, era de que les volvería a pasar si vivían lo suficiente. Era mejor no pensar mucho en esas cosas.

La percepción de Sean desde dentro de la tienda había sido errónea. El viento soplaba con la misma fuerza de siempre, la justa para arrastrar tontamente la arena y las ramas secas más pequeñas y hacerles dudar sobre si seguirían recorriendo el asfalto o se habrían desviado de él. Más de una vez se habían perdido y no se habían percatado de ello hasta cruzarse con otra carretera. Daba igual. Sólo reducía las posibilidades de encontrarse con algo de civilización donde suministrarse, pero seguro que la probabilidad no era muy diferente.

Hacía mucho tiempo que no conducían hacia ninguna dirección. Los primeros años, cuando aún estaban activos los sistemas de navegación, habían elaborado complejas estrategias de lo que entonces dio por llamarse la colonización. Habían realizado cálculos minuciosos para intentar encontrar núcleos urbanos intactos. Se organizaban con otros viajeros que, como ellos, se habían echado a la carretera convencidos de que tenían que quedar oasis de humanidad sobre la faz de la tierra.

Después se apagaron los sistemas y pasaron a planteamientos más rudimentarios. Se fiaban de los rumores que iban recabando de unos y otros; se organizaban de acuerdo a los puntos cardinales y a la posición del Sol, como en los tiempos más remotos. Cuando se encontraban con otros colonizadores, compartían trazados sobre los mapas y discutían sobre discrepancias por problemas con la orientación. Poco a poco la cooperación fue apagándose según se fue haciendo más obvio que perseguían un objetivo imaginario. El desánimo les llegó antes a ellos que al resto de la población, que todavía solían recibirlos con entusiasmo y un agradecimiento sincero. Así había conocido Annie a Sean, que era uno de esos agradecidos antes de animarse a acompañarla en su camino.

Después ya nadie les recibiría con nada que pudiera confundirse con amabilidad. En algunos sitios incluso eran directamente rechazados. Probablemente fuera provocado por ellos mismos, que empezaron a ser menos amigables con sus admiradores cuando se percataron de que estos se inventaban la mayoría de las pistas que les daban con la única intención de que continuaran sus viajes. No lo hacían malintencionadamente; necesitaban que siguieran en movimiento para que no murieran sus propios sueños; necesitaban que recibieran pistas, aunque fueran falsas, para mantener viva su esperanzadora misión. Más de una vez el descubrimiento del engaño derivó en auténtica violencia aunque seguro que no con tanta frecuencia como para justificar la fama que terminaron por tener los viajeros, acusados de decenas de muertes, algunas acaecidas en lugares en los que nadie recordaba haberles visto nunca.

De cualquier manera, muy pocos habían sido capaces de volver a integrarse en algún grupúsculo urbano. La mayoría continuaban una vida nómada que ya no servía ni para alimentar las ilusiones de los más ingenuos. Su manejo de las armas y sus conocimientos legendarios sobre los “ajenos” les garantizaba ser atendidos en los establecimientos y maltratados en cualquier otro contexto social. Ellos no solían pedir más.

Continuará…

(De la novela corta La caja)

Manuel Alcántara-Plá
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