La caja (cap. 2-2)

Las noches eran distintas. Cuando la luz comenzaba a ser la justa para atisbar el horizonte, paraban el coche y daban el día por finalizado. No querían acercarse a algún grupo de “ajenos” en la oscuridad. La visión del horizonte limpio de la planicie les garantizaba estar tranquilos al menos hasta el amanecer.

Entonces era el momento para estar juntos. Eso sí había cambiado a lo largo de los años y no siempre para peor. No la rutina de cada atardecer: sacar la tienda del remolque del coche, montarla entre los dos con la habilidad mecánica de lo repetido cientos de veces y acomodar sus cuerpos en su interior junto a cojines y mantas. Sus oídos se habían acostumbrado a no escuchar los continuos golpes de viento y sus pieles a no sentir las pinzadas de la arena a través de las paredes. Ahí, sin nada más que hacer, la realidad se reducía al otro o a uno mismo. Había días para ambas cosas.

No acostumbraban a hablar de lo acaecido durante el día. Carretera, silencio o violencia. Habían aprendido a referirse sólo a sus sensaciones del momento. Se contaban lo que les apetecía y lo que temían en ese instante. Lo hacían con una sinceridad absoluta a sabiendas de que la mentira había dejado de servir en aquel mundo de dos. La variación diaria de sus sensaciones se había convertido en una de las dos diversiones que disfrutar en aquella cotidianidad. La otra eran sus cuerpos. También eso se había ritualizado, perdiendo la necesidad de estímulos y preámbulos. Cada noche llegaba un momento en que la carne se enzarzaba hasta la extenuación. Cuanto más mecánico se había convertido, más agresivo y pleno. Todo era válido menos pensar, ni tan siquiera en el otro. La lucha les dejaba después a ambos derrotados, frecuentemente doloridos y arañados, preparados para el sueño.

“Hace mucho tiempo que no pasamos una noche en una cama”, dijo Annie con los ojos ya cerrados y la voz pegajosa, medio dormida.

“¿Mucho tiempo? Yo ni lo recuerdo.”

“No te creo.”

“Claro que me acuerdo. Pues hará al menos dos años”, reconoció Sean desvelado. En realidad tenía esas memorias muy frescas. Era del tipo de recuerdos que a él le costaba olvidar. La recepcionista se había negado absurdamente a darles una habitación. Decía que no podía hacerlo sin consultarlo antes con la gerente, pero esta se encontraba de vacaciones e ilocalizable. Sean había discutido con ella durante una hora. Le había recordado todas las leyes nacionales e internacionales que iban contra la discriminación de los viajeros. Ella se defendía puntualizando que sus dudas no las provocaba su condición de viajeros, sino otras consideraciones más individuales referidas a su aspecto. Era una justificación más ofensiva, pero ciertamente menos ilegal. A la pregunta de a qué consideraciones se refería, aclaró que no estaba obligada a explicitarlas para hacer uso del derecho reservado de admisión, que no era en ningún caso una opinión personal de ella, sino política del hotel y que lamentaba que no estuviera allí su superior para ayudarles. Cuando Sean ya se había cansado de intentarlo, Annie les sorprendió a los dos agarrando con una mano el cuello de la chica. Más de un cuello de “ajenos” había crujido ante la fuerza de aquella mano. La chica, que probablemente era capaz de imaginarse ella sola ese dato, había palidecido. Annie le pidió que cogiera lápiz y papel, cosa que hizo dificultosamente con el cuello inmóvil. Después le ordenó que escribiera los motivos exactos para no alquilarles una noche la habitación. Le recomendó que fuera clara y convincente advirtiéndole de que la irritaban sobremanera las respuestas vagas.

La chica terminó escribiendo “Reserva denegada por ser viajeros; política de empresa”. Annie le pidó que lo firmara y le recordó las mismas legalidades que le había comentado antes Sean, pero de una forma mucho más sintética y amenazante. Así habían conseguido la suite la última vez que habían dormido en una cama y de eso hacía más de dos años. No era muy descabellado pensar que el recibimiento sería peor ahora que se había relajado tanto -en la práctica hasta su desaparición- la legislación que los había protegido entonces. Ya no eran bien tratados ni sobre el papel. Los motivos para ello podían ser muchos, pero a los políticos les habían bastado las estadísticas que mostraban una relación directa entre el contacto de los viajeros con los núcleos urbanos y el incremento de los crímenes más deleznables, con especial protagonismo de las violaciones y los asesinatos (ellos anteponían la palabra “intentos” a ambos crímenes para no sonar alarmistas, pero todo el mundo sabía que un viajero no solía intentar algo sin éxito). A Sean le parecía que todo era un montaje para desmarcarse de sus actividades, financiadas en gran parte con dinero público, y para apropiarse de las fantasías esperanzadoras de los ciudadanos.

Cierto que un viajero tenía más posibilidades de un encuentro con un “ajeno” al andar recorriendo el mundo, pero las matanzas masivas eran encargos muy bien pagados por alcaldes temerosos de algún grupo excesivamente próximo. Un viajero, si se comportaba como tal, era el empleado ideal para tales trabajos. Rápidos y experimentados, realizaban la limpieza, cobraban un dinero que no declararían nunca en ninguna parte y desaparecían para siempre. Si algo salía mal, no había familiares conocidos que reivindicaran nada. Un viajero con planes de establecerse era mucho más incómodo ya fuera de forma indefinida, una semana o incluso una noche. Que la gente los desalentara era bueno para la urbe desde cualquier perspectiva.

“Me gustaría volver a hacerlo una última vez, un baño largo con agua caliente, la habitación aclimatada, estar rodeados de más gente, pero que están a sus cosas en sus habitaciones”, insistió Annie justo antes de acomodar su cuerpo junto al de él y ceder definitivamente al sueño.

Continuará…

(De la novela corta La caja)

Manuel Alcántara-Plá
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