La caja (cap. 3)

La siguiente jornada tuvo tres eventos que, sin llegar a romper la monotonía habitual, sí matizaron al Sol y a la arena y terminarían por modificar sus caminos.

El primero pareció surgir de la nada; después resultó que eran ellos quienes aparecían desde ningún sitio. Volvían a un camino que no habían sido conscientes de abandonar y allí les esperaba una autoestopista que apenas podía dar crédito a sus ojos y a su suerte. Le preguntaron a dónde se dirigía. Respondió que lejos. Ellos se comprometieron a llevarla a cambio de que ella les indicara un lugar donde pudieran hospedarse en un hotel.

“Pues eso va a ser realmente lejos. Por aquí la única civilización que hay, por llamarlo de alguna manera, es el pueblo del que huyo yo. Un pozo de mierda con cuatro casas. Ni tan siquiera tenemos gobierno local. Pero sé dónde encontraremos un hotel seguro”.

Según la experiencia de Annie y Sean, los autoestopistas podían ser falsos aventureros que lo que buscaban era realmente información, como periodistas, investigadores o simples enviados de algún pueblo. Los viajeros tenían acceso único a algunos datos de valor que sólo se podían conseguir en continuo movimiento. Ellos sabían a qué distancia se encontraban los ajenos más cercanos, el estado de las poblaciones limítrofes o el nivel de abastecimiento de la zona, por poner algunos ejemplos de asuntos relevantes para cualquier núcleo urbano. También podían ser falsos aventureros que buscaban la fama local que puede dar haber pasado con viajeros algunos días y -aún más- algunas noches. Sus anécdotas, exageradas después hasta límites que serían inverosímiles si el público no estuviera tan ávido de historias excitantes, valían oro aquella monotonía. O podían ser puros desesperados, aventureros legítimos, pero obligados por un tiempo inmóvil que parecía querer devorarlos. Era a los únicos a los que Annie recogía y Sean había pertenecido a este grupo cuando comenzó su viaje.

A las pocas horas de encontrarse con Sam, la autoestopista, ocurrió el segundo evento. Sean paró el motor en medio de la carretera sin previo aviso. Hacía semanas que no se cruzaban con grupos. Sacó los prismáticos y observó la lejanía. Sam forzó su joven vista hasta reconocer unos puntos que parecían moverse sobre el horizonte. Sean le quiso pasar los prismáticos a Annie, pero esta hizo un ademán de desinterés y acabaron en las manos de la invitada. Era la primera vez que veía tantos ajenos juntos, al menos quince. Parecían especialmente revueltos por algo que ella tardó un tiempo en reconocer.

“¡Oh, Dios mío, esos zombies se están comiendo entre sí!”, gritó al fin escandalizada. Un ajeno yacía en el suelo mientras sus entrañas colgaban de las bocas de varios de sus compañeros.

“No hay mucho entre lo que elegir por aquí”, comentó Annie, que parecía haberse imaginado la escena.

Sam no podía parar de observar aquel espectáculo a pesar del espanto que le provocaba. Le había parecido que la víctima se movía aún e intentaba verificarlo sin mucho éxito. De repente, se le cayeron los prismáticos de las manos.

“¡Tenemos que hacer algo!”.

“¿Por ese desgraciado?”, preguntó Annie divertida por la propuesta.

“No, por la gente de mi pueblo. Estamos cerquísima. Seguro que lo encontrarán rápido y entonces nadie sabe lo que puede pasar”.

“¿Que nadie lo sabe?”, reaccionó Sean, también divertido ahora. “Si llega ese grupo a tu pueblo, quienes tengan suerte morirán intentando defenderlo y al resto no le dará tiempo ni a eso. Si quieres, volvemos y les avisas. Algo nos darán por el gesto. No nos va a costar mucho combustible.”

Sam había vuelto a mirar por los prismáticos. Los observaba concentrada, como si no entendiera lo que veía.

“Parece como si discutieran. ¿Es posible?”.

“¡No sé en qué coño de mundo vivís!”, exclamó Annie con sarcasmo y sorprendida por la ignorancia de los ciudadanos, anclados en mitos infundados. Cuando los ajenos se convirtieron en epidemia, los intentos de explicar su existencia, incluso los más autorizados, habían sido marcadamente inocentes. Entonces habían estado justificados por la novedad del caso. La influencia de la cultura popular en la mirada a un fenómeno tan nuevo era más que evidente. La referencia más fácil había sido la literatura de temática zombi. La pobreza creativa de la mayoría de esas novelas y películas no pareció importarles ni a los académicos más encorsetados. Pudieron más la necesidad de refentes y los dos o tres rasgos coincidentes. El hipotético paralelismo entre lo que ocurría y aquellas historias hizo que se asumieran supuestos que no se demostrarían nunca empíricamente. Se dio por hecho que el contagio se produciría a través del contacto de fluidos, normalmente la sangre de las heridas. La transformación se produciría de manera rápida e imparable y aquellos zombis se percibían como un extraño ejército homogéneo que se movía sin discrepancias.

Fueron los viajeros quienes los bautizaron después como “los ajenos” en un intento por desvincularlos de esas leyendas. Para entonces ya habían observado que el contagio no necesitaba siempre de contacto físico. Se conocían casos de personas gravemente heridas por ellos y que no habían sufrido ninguna transformación al igual que otros que sí se habían convertido en ajenos sin que se les conocieran encuentros. Esto nunca fue aceptado por los medios oficiales, quizá tratando de evitar un pánico aún más desesperado.

Los viajeros también habían comprobado que no todos los ajenos se comportaban igual. Era como si unos fueran más ajenos que otros aunque todos ellos mostraran un comportamiento fuertemente violento y esa incapacidad característica para relacionarse con personas, motivo de su nombre.

Lo que habían descubierto era, en resumen, que apenas se sabía nada sobre lo que estaba ocurriendo. No era de extrañar que la gente prefiriera explicárselo a través de historias antiguas que podían ser terroríficas, pero al menos permitían tener un referente. Además, si los conocimientos no se habían extendido era responsabilidad en parte de los propios viajeros, que no habían hecho el menor esfuerzo por comunicarlos.

“¿Y no podríamos hacer algo aquí con ellos? Yo no puedo volver ahora. Mi familia no me dejaría irme después”, preguntó Sam visiblemente preocupada.

“Tú decides, guapa”, le contestó Sean. “Volvemos y les avisas o seguimos nuestro camino. Lo que no hacemos es enfrentarnos con ellos por el pozo de mierda con cuatro casas de tu pueblo. A nosotros no se nos ha perdido nada ahí”.

Estuvieron un rato con el coche parado. Sin casi darse cuenta, el grupo de ajenos se había ido acercando y ahora se distinguían sus formas a simple vista. Sam miraba por la ventanilla fijamente. Annie y Sean esperaban como si les diera igual estar ahí que en cualquier otro sitio. No tenían prisa y el motor estaba apagado sin consumir. Aquel calor insufrible sería el mismo horas después y el hotel seguiría en su sitio igual que las carreteras y las estaciones de servicio. No había mucha conversación. Cada uno concentrado en sus pensamientos, se turnaban en el gesto de pasarse la mano por la frente para evitar que goteara el sudor sobre los asientos.

En un momento, sin intercambiar palabra, se encendió el motor y continuaron con su camino.

El tercer evento fue una estación de servicio abandonada. Pasaron por dos así y se detuvieron en la segunda. Era una tradición de la pareja: se colaban por alguno de los cristales rotos y paseaban las miradas por el caos de los restos. Hubo un tiempo en que realizaban un análisis exhaustivo. Las manchas de sangre o dónde se encontraban las armas y los cuerpos les servía para fantasear con versiones verosímiles de lo que podría haber ocurrido allí. Así distraían parte de los viajes. Ahora el interés ya no les daba para tanto. En realidad, no les interesa en absoluto. Si paraban era única y precisamente por eso mismo, porque paraban.

Para Sam la experiencia fue distinta, impresionada por unas escenas que no podría evitar utilizar después para ilustrar sus pesadillas sobre lo que podría ocurrir en su pueblo. La destrucción que tenía ante sí era tal que le resultaba desorientadora. Los restos de personas y ajenos, reducidos por el tiempo a su mínimo mineral, no valían para adivinar ante cuántos cuerpos se encontraban. Lo mismo ocurría con el mobiliario y los pocos productos abandonados.

Se escucharon las carcajadas nerviosas de Annie. Sam se sorprendió de verla así; no recordaba haberla visto ni pestañear todavía.

“¿Qué? ¿Qué?”, apareció Sean alarmado. Annie sostenía una chocolatina en la mano.

“Estaba debajo de la caja registradora, más escondida que el dinero”.

“¡Ostias, claro!”, dijo él y no esperó a más explicaciones. Le arrebato la mitad y se la comieron sin tiempo apenas para saborearla. Hacía muchos años que habían desaparecido los productos del chocolate y no era muy probable que se fueran a encontrar de nuevo con una oportunidad como esa.

Sam había presenciado la escena boquiabierta. No era que a ella no le pareciera un hallazgo. Lo que ocurría era que no podía imaginarse que aquello fuera remotamente posible. Había tardado tanto en creer lo que le mostraban sus propios ojos que no tuvo opción alguna a que la convidaran a una mísera onza.

Continuará…

(De la novela corta La caja)

Manuel Alcántara-Plá
Más información sobre mi trabajo en Info / You can find information about me in this page. Actualizaciones / Keep updated: RSS- Email subscription