La caja (cap.4-2)

La siguiente vez que se despertó fue porque su propia lengua le raspó el paladar con una mineralidad que no había sentido antes. Moría de sed. Volvió a golpear la pared, con tan poca fuerza que le habría parecido inverosímil a ella misma que la hubiesen escuchado. En algún momento le llegó la voz de Sean. Aunque se debía sin duda a algún capricho del viento, debían de estar hablando alto para que eso fuera posible. Estarían discutiendo de nuevo.

En la siguiente parada descubrió que ya no tenía fuerzas ni para despertarse. El calor la había agotado. Fue una parada breve, probablemente para aliviar sus necesidades o para visitar alguna estación de servicio en funcionamiento o abandonada. A Sam le pareció que el sudor le llenaba la boca, como si confluyeran en ella a través de los ojos todos los regueros que se habían formado en su cuerpo. Recordó un instante el grupo de ajenos que habían atisbado en el horizonte y cómo había temido que pudieran llegar a su pueblo, encontrarse con su familia y amigos desprevenidos, borrar del mapa el sitio que la había visto vivir. No era capaz de recuperar la sensación verdadera de aquel temor; ahora le era indiferente lo que hubiera ocurrido allí. Ahora sí estaba segura de que no volvería jamás.

Las ruedas rozaban los caminos a una velocidad aparentemente estable. Siempre la misma sucesión de irregularidades, los mismos saltos impredecibles, el mismo sonido agudo de centenares de guijarros saltando en todas las direcciones. El coche cortaba violentamente el camino y, a pesar de todo, seguro que lo dejaba exactamente igual tras de sí. Soñó con el sol y con el desierto, con el agua salitrosa del mar, con la espalda desnuda de Mike en una mañana concreta de hacía ya tres años, con las tardes que había pasado detrás de la ventana esperando algo, lo que fuera, habría aceptado cualquier propuesta, probablemente también la de ir encerrada en un remolque detrás de dos viajeros. ¿Quién la iba a creer si lo contaba? Para eso tendría que sobrevivir a la aventura. Forzó los músculos para llenar los pulmones de aire. Si sobrevivía para contarlo, ¿quién la creería? Todo el mundo contaba supuestas vivencias con ajenos y viajeros, pero sólo se aceptaban hasta cierto punto. Eran verdades en un nivel de la realidad muy superficial; lo eran para divertir las horas más aburridas o incluso para establecer leyes y tomar medidas políticas, pero no eran verdad en la realidad más profunda, en el fondo de las cabezas, allí donde habitaba ahora su sed.

Por otro lado, más le valía. Algunas de las historias que había escuchado sobre los viajeros no la animaban al optimismo. Por ejemplo, aquella en que un viajero había secuestrado a cuatro niños y los había mantenido como sustento durante varias semanas. Los iba matando según se le acababa el alimento y los que quedaban vivos veían todo el proceso: el asesinato, la preparación de la carne, los guisos… Y habían compartido parte de los platos, preocupado él porque no tuvieran nada que ofrecer llegado su momento. O aquella en que un grupo de viajeros había entrado en un pueblo con la intención de llevarse algunas mujeres para que les entretuvieran los viajes. Ante la resistencia de la gente y a pesar de que eran muchos menos, descuartizaron con saña a todos los hombres, mujeres y niños del lugar, sin dejar a nadie vivo ni tan siquiera para cumplir con su objetivo. O la que relataba cómo dos viajeros cansados habían decidido establecerse en una urbe y habían acabado consiguiendo que toda la ciudad les rindieran tributo en forma de comidas, juegos y mujeres. Historias tan difíciles de creer como eran parte de la sabiduría popular, sin dudad una justificación eficaz para aquellas ocasiones en que se procedía a algún exterminio de viajeros por razones de seguridad.

A Sam sus raptores no le habían parecido monstruos capaces de tales cosas, pero ahí se encontraba, encerrada en una caja desde no sabía cuánto tiempo y con la extraña sensación de haber caído en un pozo del que no saldría nunca. El coche corría como si tuvieran prisa en llegar a alguna parte. Ella sabía que no era así. No había destino. Si acaso, el capricho de una habitación de hotel que no pensaba que les fueran a alquilar. Lo normal era que no. De ese mundo, el de la civilización y sus leyes, sabía seguro más ella que ellos. Se imaginaba la escena de aquella pareja llegando a su propio pueblo y la posible acogida. No habrían sido bienvenidos desde luego. La gente se habría encerrado en sus casas y habría esperado a ver desaparecer aquel coche en el horizonte antes de volver a salir. Seguro que estaban acostumbrados a que fuera así y seguro que les era indiferente. No podía importarles mucho lo que pensaran de ellos cuando podían tenerla a ella encerrada durante ¿días? sin agua ni palabras.

Pasó más tiempo. El coche se había detenido y vuelto a arrancar en infinitas ocasiones, algunas breves y otras más largas. Sam no tenía ningún control sobre ellas; la mayoría de las veces la pillaba durmiendo. Cada vez aceptaba más la posibilidad de morir sedienta en aquella caja. Sería una muerte digna de cualquier leyenda de la época: asesinada por un cerrojo y sin motivos. Entonces se abrió la puerta, alguien la agarró del pelo para sacarla de su jaula y dejó que su cuerpo golpeara el suelo. El calor del tubo de escape le calentaba la pierna primero, después llegó a hacerle una pequeña quemadura y finalmente se encontró sola en medio de la nada amarilla y violenta de un desierto que podría ser cualquier desierto, incluso el de su niñez.

Continuará…

(De la novela corta La caja)

Manuel Alcántara-Plá
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