La caja (cap.4-1)

La noche no fue mejor para Sam. Habían vuelto a detenerse sin ella entender el motivo. La pareja se había bajado del coche. Sacaron varias bolsas del remolque. Eran la tienda de campaña que montaron en pocos minutos con exactitud mecánica, como si hubieran repetido el proceso mil veces en el mismo punto de aquella geografía imposible. Acto seguido se introdujeron en ella sin invitarla a hacer lo mismo. Tampoco dijeron lo contrario, pero a Sam le pareció que su silencio significaba que no querían compañía. Se acomodó como pudo dentro del coche sin estar segura de que eso no pudiera molestarles también. Estaba en su mundo y desconocía sus reglas.

Dos horas después había perdido la esperanza de conciliar el sueño. El asiento del coche era demasiado pequeño e incómodo y ella tenía demasiadas cosas en la cabeza. Salió fuera para que le diera el aire. La noche no hacía que los segundos fueran más agradables ni menos pegajosos. Volvió a pensar en la posibilidad de incorporarse a la tienda y también en que era una mala idea. Tenía la sensación de no poder controlar lo que le pudiera ocurrir tras aquellas paredes de tela, quizá tejidas especialmente para darle caza.

El remolque estaba abierto. La luna daba suficiente luz como para ver que había algunas mantas dentro. Se metió en él y se llevó la agradable sorpresa de poder tumbarse casi entera. El día había sido intenso y el cansancio hizo el resto a ratos. Los miedos entremezclados por su extraña aventura y por las frágiles vidas que había dejado tras de sí no le permitían relajarse del todo.

Abrió los ojos sobresaltada varias veces. La oscuridad le ayudó a convencerse de seguir durmiendo. Una oscuridad distinta a la que la rodeaba cuando sonó el ruido. Le costó reconocer lo que ocurría, aún perdida en los laberintos del sueño. Estaban en movimiento. Habían reiniciado el camino sin despertarla. De hecho, la habían encerrado en el remolque sin que ella se percatara. Pensó que lo mas normal es que lo hubieran hecho así para no tener que despertarla sin motivo. El sabor de aquella mala noche aún caliente en la boca le recordaba que lo normal había dejado de ser lo más probable.

Esperó un rato por si se detenían a liberarla. Pasada la primera hora, golpeó la pared para hacerles notar que ya estaba despierta. No escuchó ninguna respuesta. El coche siguió moviéndose mientras el remolque continuaba reaccionando a la arena y a las rocas que escupía el asfalto.

Una pequeña fisura en el techo le descubrió que ya era de día. Después fue subiendo la temperatura. No había ninguna ventilación y pronto se le hizo difícil respirar. ¿A dónde se dirigían si ella era la guía y estaba encerrada sin ver? ¿Por qué la llevaban prisionera? Aun siendo muy breve su experiencia con ellos, ya era capaz de intuir la respuesta y esta era: porque sí. Probablemente la habían dejado ahí atrás por no tomarse la molestia de lo contrario y ahora no la liberaban porque les daba igual. Al fin y al cabo eran viajeros. Sam se había criado, como cualquiera de su generación, escuchando narraciones sobre viajeros sin escrúpulos; esa era su seña de identidad; esa era la moraleja de aquellas historias; cuidado con la gente que, como los viajeros, no obedecen a ninguna moral ni esperan nada del destino.

Pasó el tiempo. Perdió de vista el rayo de luz, pero no podía estar segura de si se debía a que había anochecido o a que sus ojos habían dejado de tener fuerzas incluso para reconocer el brillo sobre aquella oscuridad. El coche no se había detenido ni un instante. Decidió que lo mejor que podía hacer en aquella circunstancia era dormir. No era una decisión meditada; era a lo que la empujaba la debilidad de su cuerpo y la pereza de sus pulmones en aquella trampa.

La despertó un frenazo. Buscó con avidez el agujero, su única referencia, sin éxito. Intentó descifrar los ruidos que venían del exterior con la única esperanza de discernir si estaban montando la tienda para acampar o estaba ocurriendo alguna otra cosa, si era la hora de dormir o estarían aún al medio día. El silencio posterior le hizo pensar que sería lo primero y siguió durmiendo. Entre sueños se le ocurrió que sus golpes podrían resultar más molestos de noche, pero no tenía fuerzas para mover ninguna de sus extremidades. Tampoco estaba segura de querer molestar a sus raptores.

No volvió en sí hasta que alguien dio un puñetazo en el exterior del remolque. Estaban discutiendo. No conseguía captar una palabra, pero el tono y la rapidez con que se sucedían los turnos no dejaba lugar a dudas. Ocurría algo. Quizá era ella lo que ocurría. Podrían estar discutiendo sobre lo que debían hacer con ella. Forzó el oído, pero estaban demasiado lejos o de espaldas. Se escucharon las puertas del coche y las ruedas derraparon sobre la arena.

Continuará…

(De la novela corta La caja)

Manuel Alcántara-Plá
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