La caja (cap.5-1)

Annie no estaba molesta. Su protesta casi parecía un lamento por la chica.

“¿Crees que va a sobrevivir más tiempo por dejarla en mitad de ninguna parte? Le acabas de hacer un favor a los ajenos que anden por aquí. Tenía buenas carnes. Les va a durar un ratito.”

“Puede ser”, contestó Sean como si estuvieran hablando de algo que hubiese pasado muchos años atrás.

“Y para colmo le has dejado una botella de agua para asegurarte de que la encuentren viva y fresquita.”

Sean había apretado el acelerador al máximo y el polvo amarillo apenas les dejaba ver nada. Su única referencia para la conducción era la vieja brújula que tenía apoyada contra el cuentakilómetros. Hubo un tiempo en que la aceleración del motor revolucionaba también sus corazones. El aumento de velocidad significaba también mayor consumo de petróleo y mayores posibilidades de quedar agotados en cualquier parte. Por eso aceleraban sólo durante algunos segundos, los justos para que esos riesgos les regalaran su dosis de adrenalina, y después volvían a la velocidad normal o incluso, inconscientemente, a una algo más lenta para compensar el exceso. Ahora ya no es así. Sean acelera hasta que tiembla la última pieza del coche y no sienten la menor sensación.

Ya les da igual avanzar o quedar varados y, además, todavía hay suficientes estaciones de servicio vivas como para que no sea una lotería peligrosa. Sean no ha detenido el motor por eso. Varios puntos brillantes han aparecido esparcidos frente a ellos y esperan a que se calme la polvareda para ver qué son.

“Mi hotel”, afirma al fin Annie al ver la pequeña ciudad que comienza a dibujarse frente a ellos.

“La chica nos había dado la orientación correcta”, reconoció Sean y comenzó a avanzar hacia los edificios. Se trataba de una ciudad típica, compuesta por una sola calle principal sin salida, con forma de “U” y edificios elevados. Las primeras plantas estaban vacías y ni tan siquiera tenían puertas en la mayoría de los casos. Los ascensores de acceso se encontraban en algunos puntos distantes entre sí y la arquitectura de las casas permitía que fueran recorridas por dentro. La calle podía así convertirse en un espacio completamente inerme en caso de visitas indeseadas. Una ciudad inventada no para vivir, sino para sobrevivir.

Sean aparca frente a la entrada del hotel, pero no hace ningún ademán de salir del coche. Sí lo hace Annie. La joven que la recibe la mira con un gesto extraño. En realidad, la extrañeza consiste en que la mira como si fuera una cliente normal, como si no leyera en sus ojos los meses que ha pasado viajando sin rumbo, como si no hubiera motivo para temerla.

“Quería una habitación doble, con la cama más grande que tengas”.

“¿Para cuántas noches?”

“De momento una. Somos dos”.

“Dos, muy bien. Relléneme por favor este formulario”.

Hasta hacerle dudar a ella misma de quién era; la sensación de estar enterrada en un sueño; hacía mucho tiempo que los sueños no terminaban bien.

“¿Ya lo tiene? Le falta el código de origen el de su acompañante. No podemos registrar a nadie sin su código de origen”.

La pregunta fue una sonrisa y un dedo que apuntaba a las casillas vacías del formulario. Por fin el dedo de la recepcionista había comenzado a temblar.

A Annie no le dio tiempo a más. Sin saber de dónde, dos hombres uniformados la agarraron de los brazos y la devolvieron al exterior abrasado sin mediar palabra. Sean, que había visto la escena desde el coche, no hizo ningún comentario quizá a la espera de que fuera ella quien rompiera su silencio con algún signo de frustración. Hacía muchas semanas que Annie se había especializado en la comunicación a través del silencio.

Continuará…

(De la novela corta La caja)

Manuel Alcántara-Plá
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