La caja (cap.5-2)

Casi era de noche. Montaron la tienda a las afueras de la ciudad rompiendo una de las pocas reglas que hasta entonces habían seguido respetando. Estaban cansados. Se desnudaron en el exterior y comenzaron la rutina diaria de la limpieza. No era raro que, como aquella noche, Sean la acabara deseando en el proceso y terminaran sobre la arena caliente, insensibles a los arañazos de las piedras, al silencio de todo lo que les rodeaba y, en realidad, a quién tenían entre los brazos y las piernas.

A Sean lo despertaron los cohetes que avisaban en la ciudad de que algo no iba bien. Seguro que habían cerrado todos los accesos a los edificios. Annie no estaba en la tienda. Él se metió en el coche a medio vestir y aceleró todo lo que pudo. La caja sonaba tras de sí como un tambor roto.

La ciudad estaba vacía. Ese era el protocolo habitual y la mejor defensa contra un grupo de ajenos deambulantes. Las pocas puertas existentes se encontraban cerradas. A Sean le pareció que incluso el viento había abandonado aquellas calles.

La puerta del hotel intentaba cerrarse una y otra vez, con el movimiento repetidamente frustrado por lo que parecía la parte inferior del cuerpo de un hombre. Las piernas miraban a direcciones opuestas como si se hubieran juntado en aquella cadera por error.

Sean se introdujo en el edificio. Sólo se mantenían las luces de emergencia, que apenas servían para esquivar los bultos que estorbaban el camino. Le costó acostumbrarse a la oscuridad. Le pareció que los restos del suelo podrían haber pertenecido tanto a hombres como a mujeres. Los zapatos se le pegaban a la sangre. Los ascensores estaban abiertos y desconectados. Sacó el arma y disparó repetidamente contra la puerta que defendía las escaleras de emergencia para después volver a hacer lo mismo para entrar en los pasillos del primer piso. Todas las puertas estaban cerradas. Recorrió el pasillo lo más rápido que pudo, tropezando con los carros que habían abandonado en mitad del camino. Hacía tiempo que no estaba en un edificio de esas proporciones. Le sorprendió descubrir que había otro piso igual, y un tercero. Al girar por el pasillo de la última planta, se encontró la sombra de Annie tirada en el suelo.

– Soy yo. -, fue lo único que le dijo y se acercó a ella lentamente. Ella lo miraba como si no lo viera o como si le diera igual verlo. Por primera vez en su vida, Sean se sintió completamente solo.

Continuará…

(De la novela corta La caja)

Manuel Alcántara-Plá
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