La caja (cap.6-1)

La arrastró hasta el coche preocupado por la segura reacción de los habitantes de aquella ciudad. Las ventanas parecían ciegas, pero eso suspendía el miedo más que eliminarlo. Arrancó el motor y aceleró al máximo. Se salió de la carretera en cuanto estuvieron fuera de los edificios, esta vez conscientemente. Desconocía cuál sería el protocolo ante casos como este, pero no podía descartar que los buscaran. Él lo habría hecho.

No tenía la necesidad de hablar sobre ello y Annie tampoco abrió la boca. Todo era igual que siempre, salvo que ella tenía la ropa empapada de otras sangres y ese olor a caliente impregnaba cada rincón del auto y de sus narices. El horizonte seguía lejos y plano, el oxígeno imponía su amarillez y el polvo descolocado hacía inservibles los retrovisores. Como un día normal. Pasaron las horas junto a los kilómetros hasta que comenzó la amenaza del atardecer. Entonces Sean se detuvo, hizo la inspección rutinaria de las lejanías con los prismáticos y comenzó a montar la tienda. Annie no se movió del asiento del copiloto como si hubiera decidido que aquel era tan buen sitio como cualquier otro para esperar al nuevo día.

Cuando la tienda estuvo montada, Sean la sacó del coche, la desnudó tirando la ropa lo más lejos que pudo, emborronó su cuerpo con una toalla húmeda y lo dejó tumbado sobre las mantas. Sólo deseaba penetrarla y así cerrar aquel día extraño. Sólo quería estar sobre ella hasta que sus músculos renunciaran a continuar despiertos. Necesitaba que la violencia de aquel día se transformara en íntima para que el mundo volviera a ser cosa de dos. Ella se dejó hacer.

Siempre soñaban con la planicie y con el tránsito que repetían día a día. La luz seca no les abandonaba en las noches. Llevaban el calor enfundado en los párpados. Eran los únicos recuerdos disponibles para que sus mentes entretuvieran las noches. Había, no obstante, diferencias entre el espacio vacío de los días y el que recreaban en sus cabezas durante el descanso. Este último era aún más regular, como si recorrieran una esfera lisa una y otra vez, y más vacío. Allí no había estaciones de servicio ni pequeñas ciudades ni tan siquiera ajenos. Sólo estaban ellos y la asfixia del aire.

Continuará…

(De la novela corta La caja)

Manuel Alcántara-Plá
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