La caja (cap.6-2)

Así había sido siempre hasta aquella noche en que Sean vio movimiento al fondo de sus sueños y dirigió el coche hacia él. Sentía el peligro y sabía que no se podía tratar más que de un grupo de ajenos, pero sus brazos y sus piernas parecían determinados a ir allí. El motor rugía con una juventud años atrás perdida en el mundo en vela.

Las sospechas se confirmaron de la peor forma posible. No había visto nunca tantos ajenos juntos. Cuanto más se acercaba, más cubrían la línea del horizonte hasta que hubo un momento en que no había un solo espacio sin ellos. Ya rodeaban el coche. Los ajenos se devoraban unos a otros, pasaban sobre cuerpos semi-inertes y emitían unos gritos agudos que se perdían en la marea de chasquidos.

Sean apagó el motor y abrió la puerta. Ya no sentía miedo con la extraña sensación de haber llegado al destino. Sólo entonces se acordó de Annie y miró al asiento del copiloto, que estaba vacío, justo antes de que sintiera el primer mordisco en su pierna derecha.

El dolor fue tan intenso, los dientes habían chocado violentamente con su tibia, que se despertó con su propio aullido. Su cuerpo se curvó más allá de lo que su flexibilidad le habría permitido en circunstancias normales. Había abandonado el sueño, pero su pierna se deshacía en rojo sobre la manta. Estiró la mano, cogió lo primero que encontró y golpeó con la linterna sobre la cabeza de Annie una y otra vez hasta que ella cedió desmayada. Tuvo las fuerzas justas para cubrir la herida atando fuertemente uno de los trapos con los que había limpiado a su compañera antes, arrastrarla a ella hasta el remolque y encerrarla en él asegurando el cerrojo. Después perdió el sentido con la resignación de quien sabe que no volverá a despertar jamás.

Continuará… en el 2013.

(De la novela corta La caja)

Manuel Alcántara-Plá
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