Lucha de ritmos entre la tecnología y la educación

 

El "Likecoholic" del dibujante de comics Asaf Hanuka

Más rápido y más ingenioso

Hace tiempo que tengo la sensación de que las redes sociales más populares (Facebook, Twitter, Tuenti, etc.) han convertido nuestras interacciones en una extraña competición. El diseño de estas herramientas no está pensado para la reflexión pausada ni tampoco para el verdadero diálogo, al menos como lo conocíamos hasta su aparición. ¿Cuánto tiempo dedicas de media a cada página web en la que se posan tus ojos? Yo confieso que muy poco. De hecho, si has llegado hasta aquí con tu lectura en esta, posiblemente estemos subiendo la media general (¡gracias!). Por ejemplo, los usuarios de Twitter nos sentimos recompensados por los retweets de los demás: demuestran que lo que hemos escrito merecía ser difundido, pero hay que darse prisa y ser verdaderamente ingeniosos si no queremos que nuestra frase se pierda bajo la avalancha constante de publicaciones. Si en Twitter se pudiera gritar, haría tiempo que estaríamos a voces ante la desesperación por el poco tiempo que nos escuchamos.

Parece que los propios creadores de esas redes coinciden en el diagnóstico y están lanzando otras que pretenden facilitar charlas más pausadas, como son Branch y Medium (de los creadores de estrellas como Blogger y Twitter), pero no sé si será demasiado tarde para una generación o dos…

Ritmos

Nuestros estudiantes están acostumbrados a un ritmo ciber-frenético. Su cerebro funciona a altas revoluciones en nuestros centros educativos, pero este asombroso fenómeno suele ocurrir en las pausas entre clases, normalmente con varias redes sociales abiertas al mismo tiempo en sus smartphones a la vez que consiguen mantener las conversaciones del whatsapp y probablemente charlen con algunos de los compañeros que tengan más cerca en carne y hueso. Después de la pausa, vuelve la realidad escolar con una persona hablándoles a un ritmo tranquilo y sus cerebros vuelven a respirar relajados. La velocidad del profesor está más que justificada por la dificultad de lo que explica y porque quiere asegurarse de que ninguno de los conceptos esenciales que les está comunicando se pierde por el camino. Lo que no podemos negar es que se produce un cambio de ritmo. La vida online demanda rapidez, generalmente posible porque los contenidos que la acompañan son superficiales y de acceso inmediato, como lo son también las recompensas. Me atrevería a decir que lo más intenso de nuestras interacciones en las redes sociales es precisamente la demanda continuada de acción bajo una ley no escrita que nos dice “Si no estás, no existes”.

Puesto que la demanda de esa actividad es fuerte, la competencia para la educación también lo es. ¿Cómo conseguir la excitación de esas mentes a pesar de la ralentización a la que les sometemos? Supongo que contamos con dos primeras opciones, intentar equilibrar la balanza con nuestros propios medios o unirnos al “enemigo”. Algo de esto último hay en la tendencia a convertir todos los textos en documentos con hipervínculos y a sacar la parte teórica del aula para que los estudiantes puedan trabajar con ella cuando y donde quieran (y a la vez que hacen otras cosas). Yo mismo llevo cursos probando a convertir las tradicionales tutorías en participaciones en un foro del curso, aspirando así a que sea una más de las paradas en sus travesías por el ciberespacio. Sin embargo, no estoy seguro de que ese cambio de ritmo mejore realmente los resultados educativos como tampoco creo que lo haga en los científicos, donde se está produciendo un embalamiento similar.

¿Tu experiencia coincide con la mía en este problema de ritmos? ¿Cómo te enfrentas a ello? ¿Crees que son de ayuda las nuevas tecnologías en la docencia o lo empeoran aún más?

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