Por la educación, deberíamos hacerlo todos

Pintado en la fachada de la Biblioteca de la Universidad Americana de El Cairo
Pintado en la fachada de la Biblioteca de la Universidad Americana de El Cairo

La educación es uno de esos problemas que parecen irresolubes a pesar de que todo el mundo dice saber cómo solucionarlo. Eso nos lleva a situaciones que llamarán la atención de cualquier mente relativamente sana, como ver a una exministra de educación dar lecciones al respecto a pesar de haber creído que Sara-mago era una escritora después de haber estudiado en los “mejores” sitios y con los “mejores” medios. No digo que no tenga motivos para creer que puede darlas; al fin y al cabo, ve a los compañeros de su escuela con éxito económico; sin embargo, su educación de élite no sólo no es suficiente para leer: tampoco le permite seguir las reglas básicas que nos explican que ese éxito no es por su educación (quiero pensar que tampoco por la falta de ella).

La educación es difícil porque es la pescadilla que se muerde la cola. Tienen que decidir cuál es la mejor quienes han crecido bajo las guías de una concreta mientras que los educados en ella tendrán que criticarla después… También es difícil porque mezcla muchas variables: ¿Qué es lo más práctico? ¿Qué es lo menos difícil? ¿Qué es lo moral?… Demasiadas cuestiones en un momento histórico en el que nuestros mimbres nos dan apenas para decidir si es mejor una dieta proteínica o una a base de alcachofas. Por si fuera poco, lo complica aún más su carácter histórico; tenemos una tradición educativa que viene de miles de años atrás, los bantúes tienen la suya y los japoneses la propia, y en todos los casos las sentimos parte de nuestra herencia histórica o, dicho más a las bravas, de lo que nos gusta pensar que somos.

Es normal que nos liemos ante tal reto. Si somos benévolos con nosotros mismos, hasta podemos perdonarnos la gravedad de los desatinos en nuestros afanados y bienintencionados intentos por resolverlo. No obstante, deberíamos tener cuidado en no liarnos tanto que perdamos la cabeza. La educación lo merece todo menos eso, que sería un sinsentido. Las dificultades no deberían hacernos confundir la libertad con la desigualdad de oportunidades, lo gratuito con lo que merece la pena pagarse, hablar dos lenguas con hablar dos mitades, a Saramago con Sara Mago. No deberíamos confundirnos aunque nos lo repitan hasta convertirlo en esas verdades sui generis que decoran nuestras vidas porque somos almas resignadas (¡qué otras almas podría haber con la dictadura aún de cuerpo presente!). Pero cuidado porque a tanto no nos justifica nuestra mala educación y, si se empeñan en hacérnoslo creer, deberíamos hacerlo todo por evitarlo, donde sea y como sea, para no olvidar que, como dijo el bueno de Sara en su discurso Pensar, pensar, pensar en la Casa de las Américas de la Habana, “esta especie inteligente, sensible, capaz de amar como Blimunda y Baltasar y en la realidad como personas de ficción pero personas reales, capaz de ser Nelson Mandela u otras personas extraordinarias que sabemos que existen, es a la vez la bestia, el monstruo que anda por ahí…”.

(El graffiti de la Biblioteca de la Universidad Americana de El Cairo, muy cerca de la Plaza Tahrir, lo he tomado de Artedrez).

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