Salivas

Los besos en Astalama lo dicen todo, allí donde la gente habla sin cesar en los bares y en los nunca breves encuentros de las aceras y en los saloncitos que huelen a la entremezcla de la comida pasada y la porvenir y en los puestos de trabajo con independencia de la concentración que requiera cada labor y en las salas de espera de los hospitales se anticipe una bienvenida o una despedida y en las butacas del cine o del teatro o de la misa con la comprensión cómplice de los demás parlantes y en las reuniones de empresas pequeñas o grandes a veces hasta confundir la voz del mandamás con la de cualquier mandamenos y en los trenes o los autocares se comprenda o no el destino compartido o no de los otros y en absolutamente todos los sueños sean buenos o atemorizantes y en los pleitos y en los abrazos y en esos momentos en que uno prefiere callar o se conforma con escuchar a los demás y en los ratos en que la intimidad lo es todo y en las horas de la pereza y durante las comidas del día y, claro, siempre que la enfermedad trastoca las rutinas y la salud caprichosa las mantiene intactas sin pensar si en realidad tienen más sentido que ser la sala de espera del beso, del silencio.

Manuel Alcántara-Plá
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