El futuro acabará con nuestros pulmones

Pangu Plaza en Pekín

Una vez cada mucho, hay una fotografía de algún reportero que nos deja sin respiración. Nunca ha sido tan literal como en el caso de esta imagen de ChinaFotoPress/Zuma Press que publicó el 14 de enero el Wall Street Journal. La imagen servía para ilustrar la noticia de que, por primera vez en su historia, Pekín había establecido la alarma naranja por los niveles de contaminación del aire. El color significa que se pide a las personas con problemas respiratorios y a los niños y mayores que permanezcan en sitios cerrados y limiten en lo posible su exposición al exterior.

La figura que se adivina detrás del humo es el edificio de oficinas pekinés Pangu Plaza. Yo no puedo evitar pensar en Blade Runner cuando lo veo. Hemos llegado al futuro de las pantallas gigantes, del poder asiático, de las arquitecturas imposibles. Un tiempo donde todo parece tener cabida. ¿De verdad nos extrañaría ver volar coches frente a ese edificio? Es algo que podría pasar en cualquier momento y sin producirnos el menor asombro. Las revoluciones tecnológicas tienen carta blanca en este futuro como predijo la literatura de las distopías. El horizonte se ha llenado de torres de Babel que se alzan como dedos índices hacia el cielo.

Te confieso que lo que más miedo me ha provocado siempre de esas predicciones noveladas es la coincidencia en muchas de ellas en presentar el mundo exterior como prohibido. La naturaleza se sustituye en sus narraciones por espacios abiertos en los que el ser humano no puede sobrevivir. Otros temas comunes, como la hipervigilancia o el totalitarismo, me provocan menos temor porque, en realidad, están inspiradas en lo conocido. Nuestra Historia es rica en ejemplos previos y por eso los vestuarios de las versiones cinematográficas no suelen disimular su gusto por las estéticas nazis o soviéticas. La reclusión a espacios cerrados, sin embargo, era original: terreno virgen para nuevas pesadillas.

Esta foto del Pangu Plaza anuncia que estamos llegando a esos malos sueños. Bienvenidos a la racionalidad claustrofóbica y al oxigeno compartido de este planeta gris que un día debió su nombre a la claridad de su atmósfera y sus océanos. No sé a ti, pero a mí la idea de que nuestros países no estén haciendo nada por evitarlo me aterroriza casi tanto como las consecuencias asfixiantes en las que nos estamos encerrando.

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