Hambriento

Como tenía hambre, probó el sabor de uno de sus dedos. Comenzó por la mano derecha a pesar de ser diestro quizá precisamente por esa confianza especial. El gusto fue sorprendente. La mezcla del crujido del hueso con la inundación licuosa de la sangre le produjo una sensación nueva. Cuando acabó con la mano derecha y comenzó con la izquierda ya no se trataba de hambre, sino de gula placentera. La práctica le hizo ir más rápido, lo que era bueno porque estaba claro que no disponía de mucho tiempo. La sangre se acumulaba escandalosamente en el suelo. Lamentó no haber hecho más ejercicios de gimnasia como su conciencia le había sugerido siempre: de haberlos hecho, ahora habría podido alcanzarse los pies con la boca. No siendo así, se devoró los brazos desordenadamente. Su carne era más jugosa que la de las manos, pero también más vulgar en el sabor. Hasta entonces  no se había dado cuenta de lo  inapropiado del diseño de su cuello. Por mucho que se esforzaba, no se llegaba a ninguna otra parte. Así lo encontraron, tirado en el suelo, sucio, incompleto y hambriento.