La caja (Parte II, cap.7)

Reconoce el hedor y dos pánicos distintos se suceden en su mente. Primero piensa que el olor es suyo. Se incorpora como puede. El pantalón se le ha quedado pegado a la tela del asiento del coche por la sangre. La pierna tiene un aspecto horrible, pero la mancha no le permite ver la herida. Sale del coche y se desviste manteniendo su peso dolorido sobre la pierna sana. Vuelve a introducir medio cuerpo en el auto en busca de un trapo y algo de agua para limpiarse. Una vez descubierta la zona afectada, comprueba que ya no sangra y que el olor no viene de él, sino del remolque.

Se sienta en el asiento del conductor y simula varias veces que cambia de marcha. El dolor es intenso, pero soportable. El sol ha recorrido buena parte del horizonte mientras dormía. Deben de ser las dos de la tarde. Hacía mucho que no permanecía tanto tiempo en un mismo sitio y esa novedad le produce inquietud. Cierra la puerta, arranca y recorre el desierto sin poder apartar la vista  del espejo retrovisor, donde se reflejan los saltos bruscos de la caja.

Han pasado un par de horas cuando la repetición de un ruido seco le hace detenerse. Annie está golpeando las paredes de la caja con su cuerpo. Sean permanece quieto con los ojos clavados en el espejo. El ruido no cesa. Hace más de un día que no comen. Su acompañante debe de estar hambrienta.

En el suelo de la parte de atrás están esparcidas las cinco o seis latas de comida que les quedan. Coge una, la abre y vuelve a mirar al espejo afilando el oído. Abandona su asiento y se va a la puerta del remolque sin saber muy bien qué va a hacer. Pasa el tiempo marcado solo por la sucesión mecánica de golpes. Parecen sonar contra la parte delantera del remolque. Finalmente, aprovecha una de las acometidas para abrir rápidamente la puerta y tirar la lata en su interior. Con la caja de nuevo cerrada, Sean se queda inmóvil dudando de si ha llegado a ver a su acompañante en aquel brevísimo instante. También le gustaría saber si ella le había visto a él.

Ya no hay ruido. El mundo ha vuelto a la normalidad del sonido del motor avejentado y al calor amarillento que mantiene su camisa húmeda por el sudor. Dentro del remolque la temperatura es seguro insoportable. Frente a aquella puerta, Sean recuerda que hace pocas horas que él le había dicho a su copiloto aquello mismo para convencerla de que debían liberar a su rehén. Ella no lo había discutido entonces (¿cómo discutir que aquel espacio era asfixiante bajo la mirada incesante de un sol omnipresente?), pero había fruncido el ceño de una manera que él había interpretado como disconforme, como si le pareciera mal abandonar a Sam en el desierto, casi tanto como tenerla como compañía en el coche. Así había leído él su silencio y ahora se pregunta si esa lectura habría sido la correcta y también cuánto tiempo llevaba rellenando la inexpresividad de Annie con sus propios pensamientos. La verdad es que no recuerda desde cuándo había dejado de reaccionar normalmente a los acontecimientos, pero ¿cuál era la respuesta normal al aburrimiento más atroz, a su viaje rutinario y sin destino? ¿Acaso había reaccionado él de manera normal si quiera al comportamiento extraño de ella? Lo normal y lo correcto de otros tiempos había dejado de tener sentido, sustituido por el viento y los kilómetros. Sean se mete en el coche, libera el freno de mano y pisa el acelerador.

Continuará…

(De la novela corta La caja)