La caja (cap.8)

Foto de Magh

Su mente no ve el amplio horizonte. Está ocupada con dos preocupaciones que le impiden fijarse en la monotonía del camino. Piensa, por un lado, en cómo puede encontrarse en esa situación justo después de haber discutido con la propia Annie sobre la barbaridad que significaba llevar encerrada a Sam en el remolque. Recuerda que la había liberado contra su voluntad y también que no había estado seguro de encontrarla viva cuando la sacó de su encierro involuntario. Ahora es Annie la que recibe aquel castigo de obscuridad asfixiante. Esta vez sí hay una motivación importante.

Por otro lado, le preocupan los aspectos más prácticos de aquella circunstancia. Le puede proporcionar latas de comida, pero no tiene forma de limpiar la caja sin arriesgarse demasiado. Sabe en qué estado se encuentra Annie. Ella apenas había hablado con él los días anteriores al incidente del hotel, le había mirado como si viera el desierto a través de su carne, había matado a gente como si de ajenos o animales se trataran, le había atacado incluso a él mientras dormía. Annie ya no es Annie. Se ha convertido en un ajeno. Él no sabe cómo ha ocurrido ni cómo es posible que él mismo no se haya dado cuenta antes, pero no hay duda alguna y abrir la puerta más de lo necesario para introducir una lata de legumbres o limpiar el suelo es provocar una situación en la que uno de los dos terminaría por matar al otro. Su experiencia le dice que las opciones con los ajenos son así de simple.

Con esos problemas irresolubles en la cabeza elimina varios miles de kilómetros en los que se encuentra con estaciones de servicio donde repostar. Ve en dos ocasiones unas manchas en el horizonte que no pueden ser otra cosa que grupos de ajenos a la deriva. El remolque está en silencio y, cuando vuelven los golpes, basta con proveerla con una nueva lata, lo que ocurre una vez al día como mucho.

Por lo demás, silencio, soledad y un pequeño brote del síndrome de Marte que Sam reconoce rápidamente sin darle mayor importancia. Algo bueno debe tener ser un viajero experimentado. Le reaviva, sin embargo, memorias relacionadas con Annie. La primera vez que había sufrido el síndrome, ella jugó con él aprovechando su inocencia. Sean había empezado a notar que el calor estaba incrementando. Era como si cada día el termómetro subiera un grado o como si estuvieran viajando directamente al calor. Los medidores, no obstante, negaban esa sensación, pero esta era tan intensa que terminó confesándosela a su compañera. Ella, en lugar de explicarle que se trataba de un síndrome típico de los viajeros, le confirmó que llevaba unos días con las mismas sensaciones. Así continuaron más de una semana, cada día más cálido para Sam que el anterior. Ya no podía apenas apoyar la espalda en el asiento porque le parecía que la tela ardía. Al fin, una noche Annie terminó apiadándose y se lo explicó todo. Debía luchar contra esa sensación y pronto el síndrome desaparecería de la misma manera que había aparecido.

Sean se ha convertido en un buen viajero, seguro de poder solventar cualquier problema menos el que le ofrece el no tener destino en aquel camino infinito. Casi todo lo que sabe se lo debe a Annie.

Continuará…

(De la novela corta La caja)