La caja (cap.9-1)

La caja

Ya no suele montar la tienda de campaña. Sólo la saca de los asientos de atrás para utilizar estos como cama. Para caber en ellos, deja las puertas abiertas con la mitad de las piernas sobresaliendo por un extremo.

Una noche ve un punto de luz eléctrica en la lejanía. Como no había observado nada a su alrededor a la hora de establecer aquel lugar para pasar la noche, supone que se trata también de viajeros. En circunstancias normales habría obviado su existencia. Quizá habrían utilizado los prismáticos para curiosear un poco y eso habría sido lo más parecido al contacto. Ahora no se encuentra en circunstancias normales. La monotonía habitual se ha duplicado al no poder compartirla. Arranca el motor y se dirige a la luz.

Efectivamente se trata de un coche. Sus ocupantes, dos mujeres mayores y un joven, han montado la tienda de campaña y han encendido un fuego en el que calientan algunas latas. Él se baja con algunas de las suyas para dejar claro que no está allí para comer de lo de ellos y les saluda preguntándoles si no temen que el fuego atraiga ajenos.

“Ojalá. Siempre viene bien un poco de ejercicio antes de dormir”, es la contestación del joven, que no puede evitar tocar instintivamente el mango del rifle que tiene junto a sí.

Les pilla en un momento dulce. Deben de haber encontrado un buen botín en algún lugar imposible y varias botellas de ginebra ya vacías alfombran los alrededores de la hoguera. El chico aún rebaña lo que parece un hueso cuando la mayor le señala a Sean un hueco junto al fuego como invitación directa a unirse a la velada.

“Siempre es agradable tener visita en nuestra humilde demeure“, dice delatando su procedencia. Sean se detiene sin disimulo en cada uno para fijarse bien ante quién está. La mujer que ha hablado dice llamarse Constance y presenta también a los otros dos, Adrianne y Zaccharie. Constance parece ser algo mayor que el propio Sean e igualmente castigada por el sol y el aire amarillentos. Adrianne es más joven, probablemente ronde los treinta, y una cicatriz cruza su cara literalmente utilizando el labio superior como puente. Es una herida realizada por un ser humano porque no parece fácil que se trate de un accidente y los ajenos no son capaces de utilizar herramientas. Zaccharie ronda los dieciséis años y gasta una mirada pequeña y negra que a Sean le infunde un mínimo terror que no llega a explicarse. Clava los ojos en él como si le fuera la vida en ello, como si pudiera haber algo nuevo en aquel paisaje incesante, como si sintiera curiosidad; nada puede ser más desasosegante que una mirada expectante en medio de la nada.

Continuará…

(De la novela corta La caja)