Sobre “El Reino” de Emmanuel Carrère

Mi admiración por la escritura de Emmanuel Carrère es tan grande que roza la envidia. Escribe sobre lo que me interesa y de la forma que me interesa. Es un alma gemela mejorada. Ahora que lo pienso, es curioso que hablemos de almas gemelas sin desearles ninguna mejora. La mía es capaz de unos libros espectaculares. Ha dado con la clave para mezclar novela y ensayo a partes iguales y que le salga una imponente de las primeras. Lo hizo con Limonov, con El adversario y con De vidas ajenas. Sí, son títulos que posiblemente le suenen a quien no los haya leído. Mi alma gemela también incorpora como mejora el don de vender. Las librerías francesas llevan tiempo tomadas por su última obra, que ahora llega a las españolas: El Reino.

El tema elegido es nada más y nada menos que los orígenes del Cristianismo o, más concretamente, el origen de esa creencia que aún perdura y que él, aun habiéndola compartido, no es capaz de comprender. Como siempre, nos lo cuenta identificándose como narrador, haciendo suya la experiencia de enfrentarse a una historia que gira alrededor de un libro tan rico y enigmático como el Nuevo Testamento, planteándose en voz alta las preguntas que el viaje le suscita y confesando las dudas que no consigue resolver.

Hay un pasaje que adoro en las memorias de Casanova. Encerrado en la húmeda y oscura prisión de los Plomos, en Venecia, Casanova idea un plan de evasión. Tiene todo lo necesario para llevar a cabo el plan, salvo una cosa: estopa. La estopa le servirá para trenzar una cuerda o una mecha para un explosivo, ya no me acuerdo, lo que cuenta es que si encuentra estopa está salvado y si no la encuentra está perdido. En la cárcel no es fácil encontrarla así como así, pero Casanova recuerda de repente que cuando se encargó la chaqueta de su ropa le pidió al sastre que para absorber la transpiración de los brazos revistiera el forro de ¿lo adivinan? ¡De estopa! Él, que maldecía el frío de la celda, del que tan mal le protege su chaquetilla de verano, comprende que ha sido voluntad de la Providencia que le detuvieran cuando la llevaba puesta. Está allí, la tiene delante, colgada de un clavo que hay en la pared desconchada. La mira, con el corazón acelerado. Al cabo de un instante va a desgarrar las costuras, buscar en el forro y alcanzar la libertad. Pero “cuando se dispone a conquistarla le contiene una inquietud: ¿y si el sastre, por negligencia, no hubiese hecho lo que él le había pedido? En una situación normal no importaría. Ahora sería una tragedia. Lo que está en juego es tan inmenso que Casanova cae de rodillas y empieza a rezar. Con un fervor olvidado desde su infancia, le pide a Dios que el sastre haya revestido la chaquetilla de estopa. Al mismo tiempo su razón no permanece inactiva. Ésta le dice que lo hecho hecho está. O bien el sastre puso estopa o no la puso. O bien la hay o no la hay, y si no la hay sus oraciones no cambiarán nada. Dios no va a poner la estopa ni hacer retrospectivamente que el sastre hubiera sido concienzudo si no lo había sido. Estas objeciones lógicas no impiden que el prisionero rece como un condenado, y no sabrá nunca si sus rezos sirvieron para algo, pero en definitiva encuentra estopa en la chaquetilla. Y se evade.

Emmanuel Carrère ha vuelto a ponerse el listón muy alto y una vez más lo ha superado con naturalidad. En España lo edita Anagrama gracias a la traducción de Jaime Zulaika.

Manuel Alcántara-Plá
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