Por qué no deberías comprar libros en Internet (y qué te deberían dar las librerías a cambio)

Librería en Amsterdam, por MorBCN

Empiezo con una confesión: el autor de este texto ha comprado muchos libros a través de Internet. Muchísimos. No sería capaz de adivinar ahora el número. Hasta hace poco me parecía la mejor manera. Lo podía hacer en un minuto de pausa entre tareas ante el ordenador. Descubría un título interesante, le daba a un botón y lo tenía en casa a los pocos días. Daba igual que lloviera, nevara o que tuviera uno de mis frecuentes ataques de pereza. El libro acababa en mis manos. Si lo adquiría a través de Amazon, me costaba un 5% menos; si elegía Bookdepository, ni tan siquiera pagaba los gastos del envío. Era un sueño hecho realidad para cualquier bibliófilo del que reconozco haber tardado en despertarme.

A menudo los sueños de apariencia más dulce envuelven pesadillas. Esta que describo aquí tiene tres tentáculos que paso a describir brevemente.

El fondo más cruel es socio-económico. Forma parte de un fenómeno muy generalizado, pero en el que los medios no están poniendo atención, quizás por la espectacularidad de las otras causas de nuestra actual crisis, quizás porque creen erróneamente que va contra sus intereses. La idea es muy sencilla: si todos compramos en Internet, los negocios convencionales se arruinan. Causa-efecto. No es ni una suposición ni una predicción apocalíptica. Las librerías ya han cerrado. Las pocas que subsisten (o incluso se inauguran) se encuentran en lugares de mucho tránsito, donde las migajas son suficientes si los responsables son creativos y flexibles. Te venden un libro mientras te sirven un café y programan un evento cultural. Son los auténticos hombres y mujeres orquesta de las letras actuales. Me pregunto si me merece la pena ahorrarme un 5% del precio de un libro (y un paseo) a cambio de llevar al paro a miembros de mi comunidad. Creo que no.

Hay un tentáculo cultural. Las plataformas de venta online no se conforman con venderme el libro que yo les pido. Registran mis movimientos, los almacenan indefinidamente y los incluyen en algoritmos con los que son capaces de recomendarme libros a mí y a otros usuarios que coinciden parcialmente con mi perfil de lector. Dicho de otra manera, me convierten en un comprador de sus recomendaciones. Me pregunto si puedo permitir que mis lecturas vengan determinadas por sugerencias de una empresa (casi siempre de la misma empresa), si eso no terminará por imponer unas hegemonías de autores aún más insalvables que las antiguas de las editoriales y si eso no es un tipo de homogeneización cultural. Estos efectos son inevitables y que no me los puedo permitir.

Un tentáculo deriva de los dos anteriores. Cuando lo pienso bien, me veo no solo como un cliente de estas plataformas, sino como un trabajador involuntario. Yo les doy la información que necesitan para venderme más libros a mí mismo y a otros. Yo colaboro a crear esas redes hegemónicas. Un modelo de negocio tradicional deja de funcionar si la gente no compra; este dejaría también de hacerlo si no trabajásemos para ellos. ¿Vale mi complicidad un 5% del precio del libro? Como académico, estoy acostumbrado a venderme muy barato, pero esto es un escándalo. No les estoy dando solo tiempo, sino mi criterio en un ámbito en el que soy experto. En realidad, todos somos expertos en lo que nos gusta a nosotros mismos y a los que tienen gustos similares.

No debería comprar libros online y no voy a volver a hacerlo. Me tomo la libertad de pedirles algo a cambio a las librerías, aprovechando quizá que están débiles y, por lo tanto, atentas. Les pido que sigan comportándose como hasta ahora. No me gustaría que cayeran en la tentación de emular las estrategias de estas exitosas plataformas. No sería inteligente, por ejemplo, que intentaran agradarme registrando mis compras e intentando recomendarme a partir de un perfil. Nunca podrán hacerlo tan bien como quienes tienen los datos de millones de clientes y sacrificarían algo bueno que las diferencia. Les pido que sigan siendo un reducto analógico sin más determinismos que los colores y tamaños de las portadas, donde las recomendaciones, si las hay, surjan de una complicidad real y de los accidentes cotidianos.

Y les pido, claro, que acepten a este hijo pródigo que se dejó engañar por lo inmediato y ahora vuelve a un paisaje muy dañado por la moda de lo online. Larga vida a los supervivientes.

2 pensamientos en “Por qué no deberías comprar libros en Internet (y qué te deberían dar las librerías a cambio)”

    1. Gracias, Alberto, por tu comentario. Mi experiencia en España no es tan negativa en cuanto a eficacia del servicio. Muchas de las páginas que se utilizan son de otros países y suelen llegar los libros sin problemas. En cuanto al precio, tampoco suele haber diferencia con lo que encontramos en las librerías físicas.

      Un saludo,
      M

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