La aritmética de la compasión

Búsquedas en Google de Siria, refugiados y Aylan

Todos nos sentimos reflejadas/os en el dicho “Una muerte es una tragedia, un millón una estadística”. Por el adormecimiento psíquico, nuestra simpatía hacia el sufrimiento y la muerte se reduce intensamente cuando se nos presenta un número alto de víctimas.

Varias investigaciones han demostrado que la compasión se reduce incluso cuando pasamos de una amenaza contra una solo persona a otra que afecte a dos. Salvar una vida es de una importancia máxima. Salvar 1+1 vidas se siente menos importante que salvar dos, y a menudo menos incluso que salvar una.

Hacer frente a esta peculiar “aritmética de la compasión” en nuestra cotidianidad y en nuestras políticas nacionales es crucial en un mundo que sufre constantes amenazas catastróficas de violencia, enfermedades, pobreza y desastres naturales.

La gente detrás de La aritmética de la compasión, con Paul Slovic a la cabeza, ha tenido una gran idea: investigar desde las Humanidades y las Ciencias Sociales por qué somos tan cruelmente indiferentes ante el sufrimiento masivo. Sus descubrimientos nos muestran una realidad obvia, pero que conviene subrayar (y combatir). La compasión no es racional. Cuantos más muertos, más posibilidades de sufrimiento, no solo individual, sino también como especie. Sin embargo, nuestros actos no tienen esto en cuenta. Como ejemplo, puedes observar el siguiente gráfico donde se representa la acumulación de muertos en el conflicto sirio desde marzo del 2011 hasta septiembre de 2015.

Número de muertos en Siria 2011-2015

La fecha final no es casual. El 2 de septiembre de 2015 apareció ahogado el pequeño Aylan Kurdi en una playa y su fotografía fue portada en los medios de todo el mundo. Es fácil empatizar con esa imagen y con la familia que imaginamos detrás de ella. Por eso nos piden en este proyecto que reneguemos de la empatía. La compasión, más importante, no puede depender de que seamos capaces de reflejarnos en una tragedia. Las 250.000 vidas perdidas antes que la de Aylan tenían su mismo valor por muy lejanas que las sintamos. La gráfica que encabeza esta entrada muestra cómo crecieron las búsquedas en Google de “Siria”, “refugiados” y “Aylan” aquel día 2.

Otro concepto interesante que nos presentan es el de la pseudoeficiencia. Esta implica nuestro desánimo a ayudar cuando somos conscientes de que la tragedia nos desborda. Puede explicar también la falta de acción que hemos tenido en Occidente frente a lo que ocurre en Siria. El problema se percibe tan grave y complejo que parece absurdo pensar que las aportaciones individuales puedan servir para algo. Es un error mortal. Seguramente no podremos detener la guerra ni quizás afectar a quienes se enriquecen con ella desde nuestros países, pero un gesto pequeño puede significar mucho para alguien en una situación grave. Las asociaciones ayudando sobre el terreno no se preocupan de si lograrán grandes metas: cada vida salvada cuenta.

Vemos elecciones igualmente problemáticas cuando las decisiones de intervención para salvar vidas van más allá y llegan al nivel de los gobiernos. Si ocurre alguna atrocidad masiva y particularmente un genocidio, vemos que sí hay respuesta gubernamental en algunos casos mientras que en otros, a veces con más muertos, no. A menudo la decisión de no intervenir viola nuestros valores más básicos de protección de vidas. ¿Por qué lo hacemos?

La idea de “prominencia” nos dice que hay valores sociales que conllevan más peso que otros a la hora de tomar una decisión a pesar de que su valor pueda ser menor fuera de esa decisión.

En otras palabras, aunque declaramos que los objetivos humanitarios y la eliminación de cualquier atrocidad o genocidio son claves para nuestras identidades nacionales y nuestros valores personales, las decisiones deben justificarse con objetivos “prominentes”, es decir, objetivos fácilmente justificables que se anteponen a otros a pesar de que podamos expresar que los últimos son más importantes. Como consecuencia de esta prominencia, las decisiones que protegen la seguridad nacional o los intereses económicos siempre se antepondrán a otras necesidades como son la protección medioambiental o la protección de grandes cantidades estadísticas de vidas.

Lo que no dicen en este proyecto, aunque es la conclusión más directa que yo saco al leerlo, es que el modo en que se comunica una amenaza es clave para que haya respuesta o no. Esa prominencia no se lo dan los hechos en sí, porque ya hemos visto la irracionalidad de la evaluación que hacemos de ellos, sino cómo se nos presentan. Lo fundamental es conocer cómo nos afecta la aritmética de la compasión y ser conscientes de que los medios no nos informan con su insistencia pseudo-objetiva en los números, sino que nos anestesian. Si la intención de las cifras fuera informar, las tratarían con más mimo (las comprobarían incluso).

Si quieres profundizar más, Scott y Paul Slovic son los editores del libro Numbers and Nerves, un compendio fundamental de entrevistas y ensayos sobre nuestra reacción cognitiva a la información cuantitativa.

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