Poesía y tecnología

La tierra y el cielo que la filosofía había despoblado de dioses se cubren paulatinamente con las formidables construcciones de la técnica. Sólo que esas obras no representan nada y, en rigor, nada dicen. Las iglesias románicas, las estupas budistas y las pirámides mesoamericanas se asentaban sobre una idea del tiempo y sus formas eran una representación del mundo: la arquitectura como doble simbólico del cosmos. El palacio barroco fue el monólogo de la línea curva que se rompe y se rehace, el monólogo del placer y de la muerte, de la presencia que es ausencia; el templo hindú fue una vegetación sexual de piedra, la cópula de los elementos, el diálogo entre lingam y yoni.,. ¿Qué dicen nuestros hangares, estaciones de ferrocarril, edificios de oficinas, fábricas y monumentos públicos? No dicen: son funciones, no significaciones. Son centros de energía, monumentos de la voluntad, signos que irradian poder, no sentido. Las obras antiguas eran una representación de la realidad, la real y la imaginaría; las de la técnica son una operación sobre la realidad.
Octavio Paz aportó en su ensayo La nueva analogía: poesía y tecnología reflexiones muy interesantes y poco optimistas sobre el destino de este mundo contemporáneo gobernado por las tecnologías. Habla en él de un presente que parece avalanzarse sobre su trágico destino desde que el Cristianismo borrara la circularidad del tiempo. “El tiempo tiene un fin y ese será imprevisto; vivimos en un mundo inestable: el cambio ya no es sinónimo de progreso sino de repentina extinción”.

Obra de Banksy
Paz presenta la poesía como oposición a la tecnología aunque se sirva a la vez de ella. Niega que se pueda automatizar puesto que la esencia del poema es precisamente que no es intercambiable, sino único. La poesía es la rotura de la norma, la desviación lingüística, que produce un orden nuevo.
La tecnología es la destrucción del sentido que encoge el mundo. La poesía es la  creación del sentido que nos da aire.

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