Sobre el velo y el burkini en Europa

Ese velo no puede, definitivamente no puede, equipararse con la opción de llevar tacones o zapato plano, minifalda o falda larga. No es una moda; es un marcador político. Si uno decide que va a ponerse un broche con una esvástica, no puede ignorar su significado político; no puede pretender que se desentiende del hecho de que fue la “bandera” de la Alemania nazi. No puede alegar que sólo le gusta su forma. Es una afirmación política. […]

De manera que si el Estado se propusiera regular el burka o el nikab, no estaría regulando el modo en que vestimos, ni estaría interfiriendo en un gusto personal o en una moda, sino en la exhibición pública de un signo político de un movimiento de extrema derecha.

La revista Ctxt.es ha publicado una entrevista a Marieme Hélie-Lucas del 27 de octubre de 2013. Lo de arriba son sus palabras. La socióloga argelina discutía la postura buenista de la izquierda europea con el velo porque creía que pecaba de dos defectos: de eurocentrista y de superficial.

La defensa es eurocentrista porque no sitúa lo que esas prendas simbolizan más allá de nuestras fronteras. Olvida muy especialmente los países donde son obligatorias y sobre todo a las mujeres que han sido represaliadas, a veces hasta la muerte, por mostrarse rebeldes ante esta imposición.

La superficialidad viene de una falta de estudio real de la Historia de estas vestimentas. Hélie-Lucas explica, por ejemplo, que el velo no es islámico, como suelen adjetivar los medios, sino saudí, y lo relaciona con la fuerte influencia que el Reino de Arabia Saudita tiene sobre Europa a través de la financiación de mezquitas y organizaciones político-sociales.

Estoy de acuerdo solo en parte y creo que obvia matices importantes. Para empezar, la palabra “velo” en español no es un préstamo del árabe, sino un término latino, “velum”, con el significado de “tela opaca” o “cortina”. Esto hace que ese “velum” sea la palabra que hay detrás del “velo”, pero también de las “velas” de las embarcaciones. Como bien apunta la entrevistada, la prenda del velo no puede denominarse “islámico”. Yo creo, sin embargo, que no deberíamos olvidar que, además de saudita, el velo es judío y cristiano, culturas que también lo han utilizado y utilizan aún hoy. Si los medios necesitan un adjetivo, deberían decantarse por “velo judío”, puesto que es este el original y del que deriva el resto.

Igual que cristianos y musulmanes han heredado el velo de la tradición hebrea, también han tomado la especial condición de la mujer, siempre más escondida, más necesitada de ser protegida y, por lo tanto, dependiente. El ámbito religioso se está mostrando el más conservador en esto y es en las iglesias donde aún resulta más fácil ver velos en las familias españolas, cuyas mujeres los visten completos cuando se casan y más discretos, con forma de mantillas, cuando no.

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Resalto la conexión entre culturas que supone la prenda porque creo que este es uno de los más olvidados por nuestros periodistas e intelectuales. Se empeñan en mostrarnos los rasgos de la religión musulmana como si fueran tradiciones mahoríes que nada tuvieran que ver con Europa cuando la realidad histórica es justo la opuesta. Obviamente esto es más sangrante en los países del Mediterráneo. Lo dice alguien cuyo nombre es una palabra judía, su primer apellido árabe y el segundo latina. Si la prensa está para ayudarnos a comprender, más les valdría conectar ideas que desvincularlas artificialmente. Cuando pienso en las mujeres católicas españolas de hace unas décadas, continuamente de luto y con velo, anuladas visualmente, entiendo mejor fenómenos que nos venden como ajenos. El contexto es diferente, pero la cultura es la misma.

La entrevista a la prestigiosa socióloga se titula “La izquierda postlaica tiene miedo de que la tachen de islamófoba”. El problema de la izquierda que critica tiene que ver con la libertad individual de la persona que decide vestir de una determinada manera. Las fotos de los últimos días son sin duda tristes, con policías molestando a mujeres en la playa por su forma de vestir con el famoso burkini. Para mí la mayor tristeza no tiene que ver con las libertades individuales, un concepto que me parece difícil y demasiado poco debatido en la actualidad. La tristeza se debe a que la víctima vuelve a ser una mujer. Coincide que son mujeres a las que normalmente se les insulta por ser musulmanas en Europa; son mujeres a las que se les obliga en otros países a cubrirse; y son mujeres a las que se les obliga a ser “salvadas” de esa ropa aquí. Prohibirles a las mujeres su uso es una medida a todas luces contraproducente y superficial. Pasamos de una prenda que marca un ellos frente a un nosotros a una situación en la que el nosotros deja claro quién manda aquí. No es un gran paso hacia la concordia. La mujer, entre tanto, pasa de ser agente de una decisión, que es lo que las diferenciaba de las mujeres de otros países, a objeto de una medida abusiva.

Si el velo y el burkini se consideran problemas políticos, deberían tratarse como tales. No propongo más que la vieja fórmula de ir al origen de las cuestiones y no a las consecuencias más anecdóticas. Un burkini, en una playa de caras y cuerpos femeninos operados para cumplir con los deseos masculinos, no puede más que ser una anécdota irónica. Volviendo a la referencia de Hélie-Lucas a la Alemania nazi, los políticos actuales prohíben las esvásticas ante el ascenso del nazismo y no les preguntan a quienes las llevan cuáles son sus motivos y sus sueños. ¡Cuánto más fáciles de obviar son las motivaciones que hay detrás de los velos y los burkinis, que solo los llevan las mujeres!

En el fondo, el problema social más importante detrás del debate sobre el velo y el burkini no tiene mucho que ver con las religiones antiguas, sino con la nueva que hemos abrazo con fe ciega. Me refiero a esa creencia en la que el concepto del “prójimo” ha sido sustituido por el del “ajeno”; esa en la que algunos fenómenos, como la proliferación de velos, nos preocupan solo porque sentimos que nos afectan, nos colonializan, se nos imponen. Son ideas que solo podrían ser pensadas por Europa con una carga tremenda de ironía, pero que pronunciamos -y publicamos- como si fueran verdaderas y como si no hubiera Historia. La importancia del “prójimo” era central en las tres religiones tradicionales aunque ahora hasta ellas parecen haberlo olvidado. El problema de la izquierda es que se ha convencido de que la libertad individual anula la dependencia de los unos con los otros. Es una izquierda de derechas cuando pasa de la sociedad a las personas. Lo que nos puede hacer vivir mejor a todos está detrás de lo que nos oculta la ropa. El mayor respeto hacia ellas es tratarlas como lo que son, parte de nosotros. No por lo que visten, sino por lo que nos importan. Los velos, como las velas, son solo trozos de tela.

Manuel Alcántara-Plá
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