Queridas redes sociales, he tenido un aborto

Imagen del artículo sobre el aborto y las redes sociales en The Washington Post

El miércoles pasado me llamó la atención el titular de una columna de opinión de The Washington Post: Queridas compañías tecnológicas, no quiero ver anuncios para embarazadas después de haber tenido un aborto. La autora es Gillian Brockell, una editora de vídeo del mismo periódico. Cuenta en el texto su dolorosa experiencia. Se lo dirige a las redes sociales para explicarles lo insoportable que resulta seguir recibiendo anuncios de embarazos y bebés después de haber sufrido un aborto.

Brockell siente que es responsable de buena parte de la culpa. Probablemente les haya regalado demasiada privacidad a Google, Amazon, Facebook, Instagram… No le sorprende que supieran que estaba embarazada gracias a los hashtags con los que etiquetó sus fotografías, a los mensajes de felicitación de sus amistades, a sus búsquedas e incluso por su comportamiento con los anuncios. Hemos aceptado que estas empresas llegan hasta ahí, hasta el interior de nuestro abdomen, hasta el oscurecimiento de nuestras areolas, hasta las nauseas incontrolables y el hormigueo en las manos.

De hecho, lo que Brockell reivindica es mayor inteligencia. Le pregunta a Google si, después de adivinar su embarazo por sus búsquedas de “ropa de embarazada”, no le dieron pistas de un cambio que después se interesara por “contracciones de Braxton Hicks” y “bebé sin moverse”. Le pregunta a Facebook qué significaron para sus algoritmos los doscientos mensajes que recibió de sus amistades con emoticonos desolados.

Brockell ha recibido una respuesta de un directivo Facebook. Son indicaciones de cómo cambiar los ajustes y la promesa de que están trabajando en mejorar el sistema. Es la misma respuesta de siempre, da igual que se trate de Cambridge Analytica o de las 24.000 mujeres que abortan cada año solo en los EEUU. Parte de la responsabilidad está en nosotros por no configurarlo bien (y por ser tan dadivosos con nuestros datos), pero ellos harán lo posible para que no pase igual en el futuro.

Creo que los nuevos inventos que conllevan algún peligro suelen seguir un desarrollo inverso al de los ingenios del mundo digital. Si alguien crea, por ejemplo, un sistema de propulsión novedoso, lo prueba en todas las condiciones imaginables antes de comercializarlo. Se simulan las circunstancias que vivirá en la realidad para asegurarse de que no es peligroso. Las redes sociales parecen seguir otra lógica. Se prueban directamente en nosotros. Después se mejoran. Nadie parece interesado en calcular el coste de ese “después”.

Querida Brockell, para mí eres la menos responsable de una situación injusta. No tienes culpa de pensar que los productos que utilizas han pasado algún tipo de pruebas para demostrar que pueden comercializarse sin daño. Eres la víctima de unos artículos cuyos tests de riesgo se producen sobre las emociones de mujeres embarazadas, de niños curiosos, de personas frustradas por sus condiciones laborales (o por no tenerlas), de familias celebrando, de adolescentes ávidos de relaciones, de parejas emigrando a otro país… Se producen sobre ti y sobre mí.

Manuel Alcántara-Plá
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