Celosos impertinentes

Era un amor incandescente. Dedicaban su tiempo a pensar en el otro con tal obsesión que apenas quedaban huecos para el resto de sus vidas. Se confesaban el cariño a todo rato, pero a ambos les intranquilizaba la idea de que sus fidelidades pudieran no ser eternas.

Apps de citas

Una noche, con la última copa de vino tras la cena, empezaron a juguetear dejando que se colara ese temor en la conversación. Los dos andaban pensando en lo mismo, quizás porque el amor, o el roce, tiene este extraño efecto a veces. Como no podían admitirse el recelo, claramente antiestético en su relación, expresaron su seguridad. Así llegaron al divertimento ridículo de abrirse cada uno un perfil en una app de citas. No era para encontrar pareja, que de eso ya tenían la mejor que podrían imaginarse, sino para probarlo y ver qué tipo de gente se les arrimaba por ahí. El propósito oculto y compartido no era otro que ponerse a prueba.

Pasaron los días y aquella diversión apenas les quitaba tiempo para su dedicaciones más importantes: echarse de menos cuando no estaban juntos; amarse cuando coincidían.

Uno pensó que el poco éxito de la iniciativa tenía que deberse a la mala suerte. Veía a su acompañante de un atractivo tan evidente que era imposible que no tuviera pretendientes tentadores. Entonces se acordó de unas conversaciones con una antigua amistad. Le había asegurado que ya nunca fracasaba en una plataforma de ese tipo. Por eso decidió mandarle un mensaje para contarle todo brevemente y rogarle que participara en el pasatiempo contactando con su pareja.

Su infalibilidad se debía a una combinación prodigiosa de dos fundamentos: mucha práctica en las apps por un lado; un encanto natural e inimitable por el otro. Con la primera había logrado hacer una tipología de las personas que se encontraba en la red. No todas reaccionaban igual a los mismos mensajes ni gustaban de los mismos ritmos. Tampoco es que guardara más registro que el que las plataformas le ofrecían. Podría decirse que había desarrollado un instinto.

La propuesta le pareció bizarra, incluso molesta, pero habría sido feo no acceder a la petición de una amistad, sobre todo cuando no le suponía el menor esfuerzo. Simplemente incluyó una pieza más en su rueda de chats.

Al principio notó rarezas en su dinámica. Era obvio que la otra persona no estaba en la app con los intereses habituales. Con gran esfuerzo, terminó consiguiendo que sus mensajes calaran hasta el punto de conseguir una cita al fin, que fue seguida de otra, y otra.

Manuel Alcántara-Plá
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