La forma en la que hemos educado a nuestros hijos

La forma en la que educamos a nuestros hijos es un medidor cruel de la hipocresía con la que aceptamos vivir. Me sorprendió enseguida cuando empecé a frecuentar los parques infantiles con mi pequeño. Los bajitos descubrían la infalibilidad de la física arrojando diversas cosas por los columpios, a veces sus propios cuerpos, mientras los adultos parecíamos obsesionados con que compartieran sus juguetes y fueran simpáticos los unos con los otros. «Déjale tu grúa, que no la estás utilizando» o «Jugad también con ella, que está sola». Órdenes que iban transparentando nuestro ánimo por conseguir darles una educación correcta, que les hiciera mejores personas. Si había un niño con algún tipo de problema que no le permitiera sociabilizar, aumentábamos la presión. Me acercaba a mi hijo para sugerirle que jugara con él, que fuera paciente y comprensivo.

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Me pregunto ahora si realmente quería que mi hijo fuera así, generoso, indulgente, complaciente. Parece que la bondad es una cualidad que solo les queda bien a los más pequeños. Los niños que consiguen cultivar su apacibilidad hasta extremos perfectos llegan a merecer el calificativo de «inocentes». Los que la conservan al madurar son simples idiotas. La sociedad no está construida para la dulzura. La infancia es como las flores que decoran los paseos de las grandes ciudades: se disponen con mimo para que iluminen un punto de la realidad, pero son la nota discordante que a nadie engaña.

Y, sin embargo, ni la persona más gris y urbanita puede permanecer impasible ante el brote de colores que supone un breve jardín en medio del asfalto. No hay padre que no se admire del gesto sensible de su retoño. Las maneras de nuestra cotidianidad nos han amaestrado hasta el extremo de sentir que el hormigón y el carácter huraño son hogar, pero una sola flor, un gesto amable en la cara de un ser aún sin domesticar, nos atraviesa indefensos.

Invitamos a nuestros hijos a que sean personas plenas. Después, cuando observamos temerosos que la realidad les abraza, les corregimos el rumbo. No les cuesta trabajo; en realidad, siempre les hemos servido de modelo. Incluso cuando les pedíamos generosidad, veían que nuestro comportamiento era otro. Recuerdo una broma con un padre en una de esas conversaciones accidentales del parque infantil. Nuestros hijos habían decidido jugar juntos. Hubo un momento en que su hija se negó a prestarle al mío un coche de plástico, quizás por miedo a que no le fuera devuelto. El padre le dijo, con toda lógica, que debía prestarlo ya que ella no lo estaba utilizando. Cuando ella insistió en la negativa, ya asomando alguna lágrima en sus ojos, yo le hice una propuesta a su padre que no tuvo tampoco mucho éxito: «Déjame tú el tuyo y así ve que no pasa nada».

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