¿Por qué han funcionado tan bien las noticias falsas (“fake news”) sobre el COVID19?

Llevas varias semanas ya en confinamiento y, si has estado cerca de tu teléfono, además te lo han aderezado con un bombardeo incesante de noticias alarmantes, muchas de las cuales han resultado ser falsas. Algunos medios y partidos políticos han decidido que este era un buen momento para difundir bulos casi sin descanso. Quizás no sea lo más humanitario o patriótico; sin embargo, hay que reconocer que sí está siendo eficaz. Pero ¿por qué funcionan tan bien las fake news con la crisis del coronavirus? La respuesta puede sorprenderte: es una cuestión de ritmos. En realidad, se trata de un problema de desincronización, como varios bailarines moviéndose unos junto a los otros, pero escuchando músicas diferentes.

El ritmo más importante en nuestra situación es el impuesto por el pánico. Estamos viviendo una circunstancia peligrosa e inédita. Es tan novedosa que la experimentamos con incredulidad. Abundan los comentarios sobre la sensación de estar dentro de una película de ciencia ficción o en una novela distópica. No sabemos qué nos va a pasar ni a nosotros ni a nuestros seres queridos. Eso hace que busquemos información de forma compulsiva. Necesitamos saber ya, sin esperas. A fin y al cabo, es una cuestión de vida o muerte, en un sentido literal.

A ese ritmo natural e incontrolable se acoplan, aunque mal, los otros compases. El que peor lo hace es el lento tictac de la ciencia. Los investigadores rara vez tienen respuestas contundentes como a uno le gustaría escuchar cuando siente que su vida depende de ellas. Pero aún más difícil es que las tengan de forma inmediata. Su estudios requieren de paciencia y no solo por la duración de los experimentos, sino porque pensar en problemas complejos lleva tiempo. Los medios de comunicación, acicados por nuestra urgencia, les han preguntado insistentemente y ellos han respondido como han podido: de forma imprecisa, fragmentaria, en evolución. Dando la impresión de que la contradicción no es solo cosa de los vendedores de humo.

Más veloces que la ciencia, pero menos que nuestra actual ansia por saber, son las plataformas digitales que utilizamos para informarnos. Nuestras preguntas, nuevas por provenir de una situación inaudita, han creado agujeros en los aparentemente omniscientes buscadores de Internet. Somos millones de usuarios buscando palabras clave que no existían hace apenas unos meses. Si buscas “gripe aviar” en Google, encontrarás miles de páginas correctamente jerarquizadas. Las páginas donde se explica “cómo protegerse del COVID19” se están creando ahora y no ha dado tiempo a que el criterio general, enlazando unas y desechando otras, las coloque de acuerdo a su fiabilidad e importancia.

A nosotros nos ocurre algo parecido a lo que les está pasando a los buscadores online. Sin puntos de referencia claros, nos cuesta discriminar qué puede ser verdad y qué no. Más aún en un momento que hemos descrito como inverosímil: si la realidad parece ficción, ¿cómo distinguirlas? Ahí es donde entra en juego el último ritmo para entender el éxito de las noticias falsas: el de quienes tienen intereses en difundirlas. Son los únicos que pueden saciar velozmente la premura de nuestra histeria. Sus mensajes no surgen de forma espontánea, sino que se difunden coordinadamente, algo aún más fácil cuando vienen respaldadas por alguna organización política o social, o un medio de comunicación. Crear mentiras no requiere de tiempo; si acaso, un poco de imaginación y un mucho de irresponsabilidad.

Cuatro ritmos (el del miedo, el de la ciencia, el de las nuevas tecnologías y el de los interesados en difundir la mentira) que juegan en beneficio de los últimos y en perjuicio de nuestra salud, como mínimo mental.

De esta respuesta brotan seguramente dos preguntas más: ¿para qué se crean esas fake news? y ¿cómo podemos luchar contra ellas? Responder a la primera da para un artículo propio (Erin McAweeney ha dado bastantes pistas aquí). La segunda es más fácil de deducir ahora: es una cuestión de ritmo. Si el conocimiento de los científicos no puede ir más rápido, los demás tendremos que controlar nuestro nerviosismo. Lo contrario será autoengañarnos y confundir a quienes queremos, y esa no parece una estrategia inteligente para sobrevivir. Si no somos expertos ni periodistas, quizás no debamos cargarnos con la responsabilidad de informar a los demás sobre lo que está ocurriendo. Dejemos que cada cual haga su trabajo con la pausa que requiera y concentrémonos en hacer bien nuestra parte: estar presentes y conectados, no como torpes reporteros, sino como amigos y familiares. Esa es una labor tan valiosa al menos como la de informar y que no podemos descuidar en una crisis.

Manuel Alcántara-Plá
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