Qué complicado es votar, con y sin pandemia

Dentro de mi investigación-experimento personal de desconexión y resistencia digital, he decidido dejar de buscar informaciones sobre los efectos perniciosos de las redes sociales. La cantidad de personas e instituciones que están haciendo sonar las alarmas son demasiadas como para seguirles el ritmo. Uno de los últimos ha sido Jamelle Bouie con la columna de opinión “Facebook ha sido un desastre para el mundo” en The New York Times. Se pregunta “¿cuánto tiempo vamos a seguir permitiendo que esta plataforma fomente el odio y socave la democracia?”. Es una cuestión que está atravesando de manera natural mi ensayo.

Otra cosa es encontrar soluciones. Cada vez me parece más evidente que la lucha -y el discurso- no debería centrarse solo en temas como la libertad de expresión, sino en el lado tecnológico: la clave está en los algoritmos y su opacidad. La batalla real se peleará en términos de propiedad intelectual vs. transparencia. Entonces no deberemos dejarnos engañar con una imagen de los algoritmos como fríos cálculos matemáticos. Son mucho más. Uno de los textos más interesantes que he leído estos días sobre ello lo ha escrito Yvonne Jazz Rowa para The Global Network on Extremism and Technology (GNET) con el título Deconstrucción algorítmica en el contexto del extremismo online (y segunda parte). Contiene joyas como la siguiente:

Un sistema de algoritmos puede concebirse como ideologías que forjan el comportamiento humano y reconstruyen visiones del mundo en una campaña conflictiva de recompensas y daños. Es más, pueden caracterizarse como enviados que exponen cismas sociales latentes que presentan oportunidades de acción.

Los algoritmos parecen cosa solo de informáticos, pero no deberían serlo

Y estos días nuestro planeta se adentra en el marasmo informativo que se produce cada vez que hay elecciones en los EEUU. Siempre se las apañan para que parezca una contienda emocionante, por mucho que uno de los candidatos pueda estar loco de atar y el otro fuera uno de los senadores más jóvenes del país… en 1972. Lo que a mí me llama más la atención del show que nos espera es una paradoja. Por un lado, me parece que las garantías de que el proceso electoral es limpio no se explican lo suficiente, ni allí ni aquí. Por otro, el proceso de votar es una auténtica pesadilla, allí aún más que aquí. Si quieres ver hasta qué punto, échale un vistazo a esta guía de cómo votar dependiendo del estado de residencia.

Chiste reciente sobre la dificultad de votar, por xkcd

En lo discursivo, me ha parecido muy interesante y divertido el artículo “¿Hablas Fox?” (Do You Speak Fox?) en The Atlantic. La famosa cadena pro-Trump ha conseguido rizar el rizo de la neolengua orwelliana. Ha reducido los pronombres del inglés a solo dos (“tú” y “ellos”) y ha redefinido buena parte del diccionario, incluyendo mob, PC police, Russiagate, deep state, MSM, MS-13, socialist agenda, Dems, libs, Benghazi, hordes, hoax, dirty, violent, invasion, open borders, anarchy y liberty. Como dicen en el artículo, en la América de 2020 “socialismo” puede significar “una red de seguridad social al estilo sueco” o “inminente amenaza a la libertad”. Hay muchos periodistas y políticos en España que llevan tiempo mereciéndose un puestazo en la Fox.

Y ya que estoy hablando de esa versión delirante de la realidad creada por la extrema derecha, te recomiendo el artículo de Carmen Aguilera-Carnerero para el Center for Analysis of the Radical Right sobre la iconoclasia selectiva. Lleva el sugerente subtítulo de “la extrema derecha española quiere proteger la Historia de España, pero solo parcialmente”. El texto tiene un foco global y nos habla de la relectura de algunos personajes y eventos históricos que se está proponiendo en muchos países (EEUU, Bélgica, Francia, España, etc.) y cómo a la derecha le parece mal solo a veces.

¿Vandalismo? Todo depende…

Mientras tanto, seguimos con esta pandemia que creíamos breve y que, como no hay mal que por bien no venga, nos está animando a reflexionar críticamente sobre la “normalidad” perdida. Jesús Izquierdo Martín se pregunta ¿Pero de qué pasta estamos hechos? Rebrotes, miedo y responsabilidad en Conversación sobre la Historia. Llega a conclusiones poco halgüeñas:

La solidaridad no parece pues la pasta de la que estamos hechos. Es otro el material que nos une y con una argamasa que se volatiliza en cuanto se tocan nuestros intereses o emociones. Somos moldeables porque la publicidad del mercado nos hace así. Y el pegamento que une nuestras piezas es en realidad una normatividad que viene aplicada desde nuestro afuera constitutivo. […] Así funcionamos en esta gran no-comunidad de vecinos, según la veleta de nuestros beneficios siempre que podamos eludir el castigo de la autoridad. Nosotros, extrañamente, sin el otro. Sin responsabilidad. Yo mismo.

Tocan tiempos para mantener la atención, el inconformismo y la esperanza por otro tiempo y otro mundo mejores.

Manuel Alcántara-Plá
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