Sexo completo y robots

Estoy leyendo sobre lo que hace que las relaciones entre personas sean diferentes a aquellas que mantenemos con entes artificiales. Es parte de un extraño proyecto de escritura en el que me he embarcado y del que seguro que contaré más por aquí en breve. Así he llegado a un artículo de uno de mis autores de referencia sobre ética digital, Charles Ess. Se titula “¿Qué tiene que ver el amor? Robots, sexualidad y el arte de ser humano” (“What’s love got to do with it? Robots, sexuality, and the arts of being human”). En él argumenta que podemos satisfacernos sexualmente de maneras artificiales, incluso conseguir “buen sexo”, pero no tener “sexo completo” artificial. Resumido mucho, esto último se debe a que los robots (sexbots) carecen de autonomía, autoconciencia y emociones, incluida la del deseo.

Fragmento del cartel de Nymphomaniac Volume I, de Lars von Trier.

Quizás fuera el escultor Pigmalión, contado por Ovidio, el primero en desear amorosamente una obra artificial. Desde entonces hemos plagado nuestra tradición cultural de ejemplos similares. Creo que ha habido una moda cinematográfica reciente sobre el tema, con títulos muy interesantes como Her o Ex Machina. Sin embargo, Ess toma el concepto de “sexo completo” de Sara Ruddick (1975) para advertirnos de que hay una diferencia cualitativa entre lo que podemos hacer con otras personas y lo que hacemos con máquinas (esto último se aproxima mucho, no obstante, a algunas actividades sexuales “humanas” como la masturbación). El “sexo completo” requiere, según Ruddick, de que “el deseo carnal de cada persona esté activo y sea reactivo al deseo de la otra persona”. Es decir, “nuestros deseos no son simplemente por el Otro; además, deseamos que el otro desee nuestro deseo”. Para esto, todos los participantes deben reconocerse tanto como agentes como pacientes sexuales.

Me parece llamativo que esta definición del sexo cree una tensión fuerte entre la frontera que divide lo público y lo privado, un límite a menudo maltratado por las redes sociales digitales. En este caso, no obstante, la presión va en una dirección diferente. El respeto a los demás requiere normalmente de un distanciamiento tanto de las propias exigencias como de las de los otros. Es una cuestión de permitir espacio. El sexo completo reemplaza este respeto a lo privado por el compromiso de receptividad. La otra persona no es meramente un instrumento sexual porque el deseo es mutuo. Eso es lo que hace que el sexo (completo) sea una acto éticamente virtuoso y humano.

Cuando vuelvo a mi camino con esta lectura asimilada, me pregunto si Charles Ess tiene razón y las máquinas no podrán reemplazar a las parejas sexuales. La duda me la provoca una sensación desagradable, esa brújula que me va sugiriendo el camino. Mi cuerpo ya sabe que cuando sus exigencias no coinciden con lo que ofrecen las tecnologías, suele ser él quien cede finalmente. Quizás no lleguemos a tener nunca sexo completo artificial, o quizás continuaremos redifiniendo en el futuro lo que significa ese sexo completo para amoldarlo a lo que podemos obtener rápido y superficialmente, incluso a través de un robot.

Manuel Alcántara-Plá
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