Una confesión incómoda sobre el actual modelo docente

Tengo la impresión de que los docentes vivimos en un momento de efervescencia perenne. Ahí vamos bregando con el tema de las clases online, del modelo híbrido, de las medidas de seguridad, de la falta de personal, del -ya tradicional en el caso madrileño- maltrato institucional… Cada día nos levantamos revolcados por una ola y no bien hacemos pie cuando nos zambullimos en la siguiente. La nuestra es una profesión en 2020 más emocionante de lo que ya era y además ahora tiene un nuevo componente de riesgo.

Obra de David de la Mano

Entre tanto jaleo, aprovecho el ruido para confesar que a mí no todo lo que está ocurriendo me parece perjudicial. Igual que me lamento en secreto de que Madrid haya vuelto a sus dinámicas pre-COVID (con esas mini-aceras y esos atascos que tanto nos gustan, según la presidenta), ya temo que tendré una sensación similar cuando el curso universitario vuelva a funcionar como siempre.

Mi facultad ha optado por la docencia híbrida. Los estudiantes vienen a clase una semana sí y otra no. Nosotros estamos siempre porque cada semana la pasamos con la mitad del grupo. Así se baja la ratio de personas en el campus y en el edificio, y podemos mantener más o menos las distancias. Esa ha sido la motivación original, pero yo le encuentro más ventajas.

Obra de David de la Mano

El modelo universitario normal mantiene a los estudiantes encerrados en aulas masificadas. Esto se refleja en dos aspectos educativos clave. Por un lado, el cambio a Bolonia supuso lo contrario de lo que promulgaba. Con los recortes, cada vez tenemos más estudiantes a los que enseñar y es casi imposible implementar pedagogías activas, qué decir de atenderles con un mínimo de personalización.

Por otro lado, el estudiantado apenas tienen tiempo para hacer nada que no sea seguir nuestras instrucciones, al menos nada pedagógico. Carecen de horas para tomar sus propias decisiones de estudio. Esto tiene consecuencias muy negativas. La universidad debería darles las herramientas para ser autónomos intelectualmente. Esa es nuestra misión más importante. No creo que la estemos cumpliendo cuando les supervisamos cada movimiento. Pongo un ejemplo. En nuestra facultad suele haber decenas de eventos culturales cada mes a los que los estudiantes nunca asisten porque están en clase. Probablemente tampoco irían si tuvieran la ocasión porque no están acostumbrados a elegir. Llegan al campus, asisten a nuestras clases repletas y se van del campus.

Mural de David de la Mano

La maldita pandemia nos ha traído un curso incierto, pero un estudiante de hoy va a tener dos lujos que desgraciadamente se le negarán en los próximos años: Va a estar en una clase no masificada, y va a disponer de tiempo y de cierta autonomía. Cuando oiga los lamentos que le van a envolver estos meses, que al menos no piense que se ha perdido un mundo ideal.

Mientras tanto, ahora que hasta los empresarios empiezan a ver que el teletrabajo no es un exceso de confianza temerario hacia sus empleados, quizás podamos empezar a pensar que ni el alumnado estudia más ni nosotros nos ganamos mejor el sueldo por calentar más las sillas.

[Las obras que ilustran esta entrada se las he tomado prestadas a David de la Mano. Aunque su web está en construcción, te recomiendo su cuenta de Instagram con más de 400 imágenes hasta la fecha.]

Manuel Alcántara-Plá
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