Democracias reales (ya)

La palabra democracia tiene un sabor extraño en los últimos tiempos. Como buen término antiguo y familiar, lo dejamos estar en nuestra cotidianidad sin hacerle mucho caso. La democracia es eso en lo que vivimos, al menos para las generaciones más recientes. Es esa materia hermana del aire, casi siempre calmo, a veces en movimiento ligero. Ambos se valoran en su punto perfecto cuando quedan transparentes, insípidos y silenciosos.

Quizás se deba a ello la sensación desagradable de estos días, con la democracia adoptando olores e imágenes, como si traicionara nuestra confianza. Como escribo desde Madrid, perfilo esta contrariedad con sustancias de esta tierra y me parece que es una circunstancia muy nuestra, pero entonces abro la ventana, estas ventanas, para dejar entrar un poco de brisa fresca y descubro que los mismos aromas llegan de geografías distantes. Me doy cuenta entonces de que compartimos males o, mejor dicho, que los arrechuchos que sufrimos no entienden de fronteras.

El guiso democrático agridulce de Madrid combina una victoria electoral lograda bajo la bandera de la democracia (frente al comunismo totalitario) con la conmemoración del movimiento del 15M, que enarbolaba la misma insignia (frente al oficialismo estático y neoliberal). La desazón viene al adivinar que la reelegida presidenta entenderá los valores del 15M como enemigos de su democracia, con la misma fuerza que el 15M la identificaría a ella como antagonista máxima de la suya.

Esto me ha puesto a pensar en que debería haberle prestado más atención a este término anciano que sujeta con sus pocas fuerzas tantas cosas importantes. Si lo hubiera hecho, me habría percatado de que ya nació con malformaciones serias. En tal medida lo eran que sus padres renegaron enseguida de ella. El poder (cratos) en las manos del pueblo (demos) fue imaginado por los clásicos como advertencia distópica más que como anhelo utópico. Era evidente que un gobierno con esos principios, donde todo el mundo decidiera sobre el gobierno, solo podría llevar al caos y a la destrucción de la civilización.

Querido Sócrates

Querido Sócrates, pienso que yo hubiera sido igual de pesimista que tú en tus tiempos. El panorama que tenías ante ti no daba para grandes sueños. Sin embargo, estarás de acuerdo en que ha sido históricamente un ejercicio muy fructífero pensar en los pasos que habría que dar para lograr una democracia real. ¿Qué dinámicas y características requeriría un pueblo verdaderamente democrático, es decir, digno del mayor poder? Parece evidente que solo tendría visos de éxito si la colaboración y la solidaridad fueran sus principios rectores hasta el punto de que ambos términos serían indistinguibles de la propia democracia: un ejercicio democrático lo sería necesariamente colaborativo y solidario.

Como decía, son cavilaciones provocadas por la miasma inesperada que ha impregnado esta primavera, otra vez atípica. Ya he reconocido que la idea de la democracia nació, si no muerta, al menos repudiada. No fue un rechazo menor, sino propio de los caracteres clásicos, con el asco bien condimentado con pavor auténtico. Yo imagino ahora que será este carácter temible el que le ha dado atractivo a pesar de todo, de tal forma que ha sido convocada en los contextos más asombrosos, desde la propia democracia griega hasta la República Democrática Alemana.

Poco han tenido que ver los experimentos terminológicos que se han producido en su nombre con su esencia original. Algún pensador moderno quiso reconocer esta falsedad y le inventó dos apellidos para facilitar su entendimiento. Aquella democracia atávica e imaginaria, la de la solidaridad y el poder compartido, pasó a llamarse democracia directa mientras que se le descubría una hermana gemela, la democracia representativa. A esta última, más educada e inofensiva, se le abrieron pronto todas las puertas y banderas, empezando por las americanas, pero con alas para llegar veloz a muchos rincones del planeta.

Esta nueva democracia representativa compartía genes con la primera, pero ha madurado de forma muy diferente. Al fin y al cabo, ella no fue creada como aviso fantasioso, sino para que habitara la realidad de las personas. Sea como fuere, su salud requiere de dinámicas y características casi opuestas a las de su hermana. Donde antes buscábamos colaboración, ahora se necesita esfuerzo individual; donde antes hablábamos de solidaridad, ahora lo hacemos de la libertad de cada persona.

¡Qué extraños caminos siguen a menudo los significados de las palabras! ¡Cómo se dividen por mitosis histórica! ¡Cómo se retuercen sus formas y esencias! ¡Qué hediondez producen a veces cuando se mezclan sin cuidado ni gusto!

No entra aire limpio al abrir la ventana, pero el gesto me recuerda aún aquellas tardes de hace un año en que salíamos a aplaudir toda la familia, como lo hacía la mayoría de los vecinos. Y esos aplausos me traen a la cabeza el sacrificio de los sanitarios en su trabajo. Si los niños me hubieran preguntado entonces por los motivos para su encierro paciente, les hubiera podido responder que lo hacíamos por democracia. No lo era por la hermana corregida de esta modernidad de poderes cobardes, sino por la original, valiente y siniestrada. Por la libertad que se gana a través de la responsabilidad solidaria, no la que se espera como regalo de Reyes por el mero hecho de ser ciudadanas y ciudadanos inofensivos.

Hasta aquí me han llevado los aromas purulentos de este mayo en que conmemoramos el de hace diez años. Lo llaman democracia y no lo es. Lo llaman libertad y no lo es.

Manuel Alcántara-Plá
Más información sobre mí en Info / You can find information about me in this page.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.